La Galerna

Alaba o la clase media

El Madrid está a punto de fichar a Alaba, esa navaja suiza del Bayern. O eso dice la prensa. Con los periódicos deportivos españoles pasa como con los oráculos antiguos: sus informaciones son lo suficientemente ambiguas y están redactadas en ese vago condicional periodístico que me enseñaron en la facultad, que están pensadas a propósito para acertar siempre no acertando nunca. La cosa es que hay ocasiones en las que se da una conjunción y de la gruta donde habita el dios de los rumores surge un coro de voces lo suficientemente sólidas, por el número, como para pensar que el río suena porque lleva agua de verdad. David Alaba, 28 años, una década brillando en un gigante europeo, experiencia contrastada en la aristocracia del fútbol, dos Copas de Europa y un millón de Bundesligas ganadas: es, desde todo punto de vista (considerando que viene como agente libre) una bicoca, pues las zurdas con talento son, seguramente, el bien más preciado, por lo que escasean, del fútbol mundial. Zurda exquisita, físico de plusmarquista nigeriano, sangre filipina (he aquí la evocación imperial que ya lo adhiere a la tradición hispánica madridista) y crianza austrohúngara. Unos avales estupendos.

Alaba, en todo caso, vendría al Madrid para echar a rodar al momento. Este es otro de los grandes atractivos del fichaje, el rendimiento instantáneo. A Alaba no hay que esperarlo, está curtido en la guerra, no le va a pesar, se supone, la camiseta blanca, pues ha hecho fortuna con otra casi tan grande como ella; sabe lo que es la presión, la presión totalitaria y despótica de jugar contra la Historia y contra la insatisfacción permanente que como una costra se pega en piel de los imperios. No es una promesa, en una palabra, ni tampoco una superestrella de la que se espere que salve al equipo o que lo abandere. Jugadores así encarnan esa alta burguesía de la que Florentino Pérez, analizando su trayectoria como presidente del Madrid, no ha sido nunca muy amigo. Salvo excepciones, como todo. Florentino siempre fue o César, o nada. La gran excepción de todo el florentinato, en el amplio sentido del término, fue Mourinho. Bajo su dirección deportiva el Madrid se llenó de ese tipo de futbolista, modelo de aurea mediocritas, que sin embargo resulta fundamental para la urdimbre de un equipo campeón: los que sin ser Zidanes, tampoco son Pavones.

Florentino llegó en el 2000 pisando las huellas de Bernabéu con aquello del galacticismo: fichar a los mejores, con la edad apropiada y el punto de maduración justo, es decir, los 28 años, estimulando el recuerdo de los fichajes de Di Stéfano, Kopa o Puskas. Así llegaron Figo, Zidane y Ronaldo, ya grandes campeones, balones de oro, gente cuajada en la super-clase mundial, a quienes el Madrid traía como los zares se encargaban huevos de Fabergé. También fichó entonces a Flavio Conceiçao o a Makelele, pero no había más que verle la cara en las presentaciones de unos y otros para darse cuenta de que aquél era un niño obligado a hacer la tarea por la tarde en vez de pasarla jugando a la play: la ilusión estaba en otra parte. Esa molesta clase media, a su juicio de intérprete de la big picture, era a la larga una mala inversión. Un gasto. Si no puedes tener un Ferrari, fabrícalo tú.

Zurda exquisita, físico de plusmarquista nigeriano, sangre filipina (he aquí la evocación imperial que ya lo adhiere a la tradición hispánica madridista) y crianza austrohúngara. Unos avales estupendos.

Pero la clase media es la médula de las democracias y de los sistemas que perduran. Una cosa es un Pablo García y otra un Alaba. O un Di María. O un Lucas Vázquez, pequeñoburgués del balón que, no obstante, sólo da beneficio neto al haber salido de la casa. Alaba no es Marcelo pero tampoco es Nacho: está un peldaño más alto en la jerarquía, no es un parche ni una ocasión de saldo, no es, por así decir, un Essien avejentado para el lateral derecho. Con los remiendos ocurre que luego te encajas en Turín a jugarte unas semifinales de la Copa de Europa y tu único delantero disponible es un Chicharito fichado in extremis porque no había otra cosa. Con los Pavones, también, el riesgo de la inmadurez es demasiado alto, en particular cuando sobre ellos recae una responsabilidad desproporcionada de un día para otro. Ahí queda, para el recuerdo, la vuelta contra la Juve en el Bernabéu, cuando Vallejo, que apenas había jugado ese año, tuvo que hacer de Ramos, Alaba es otra cosa. Alaba es el discreto encanto de la gran burguesía. Es un fuoriclasse que puede solventar tres papeletas, llegado el caso: uno de esos multitareas que, en el fútbol de hoy, saturado de partidos, gana Ligas. Y más cosas. Sin una dirección deportiva muy personal, como fue el caso de los años mourinhistas, Florentino se ha caracterizado por los extremos. Como método de planificación deportiva y como modelo de negocio viable. Pero los extremos son demasiado arriesgados. Jovic y Militao, por ejemplo, parecían estupendas inversiones. Como antes Ceballos, Odriozola, luego Vinicius, Rodrigo o Kubo. Pero toda inversión es un riesgo. Y el riesgo es la antítesis de lo que significa «clase media». El riesgo se multiplica cuando la idea sustancial para una temporada es la de maximizar el rendimiento de unos futbolistas de época que embocan la senectud y esperar mucho de jugadores-primavera. Y los jugadores-primavera, históricamente hablando, no encuentran en el Madrid el entorno ideal para crecer con paciencia.

Alaba es todo lo contrario de un riesgo. Como Alaba, Courtois, o Mendy. Ganaligas, habituados a jugar eliminatorias europeas, Eurocopas y Mundiales, y sobre todo, hechos a la «gestión emocional» de un grande, estos jugadores, casi siempre, suelen ser la diferencia entre buenas temporadas y catástrofes. A Florentino le aburren estos fichajes porque el niño que lo habita creció soñando gigantes sobre las nubes verdes de Chamartín. Es natural. El Madrid, y su encarnadura humana, es tan especial, tan suyo, que hasta Michael Owen pasó como galáctico menor, galáctico de serie B. ¡Un Balón de Oro! Florentino, que es el cuarto rey mago de toda una generación de madridistas, se excita con el oropel: el mejor del mundo o el que todo el mundo desea. Fichar Alabas es pura intendencia, pero el arte de la guerra, en el fondo, es una mera cuestión de logística. Quien está mejor abastecido es el que aguanta. Y el que aguanta, gana. Y el fútbol, aunque le pese a los modernos, continúa siendo todavía una forma de hacer la guerra por medios no (demasiado) violentos.

 

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