La Galerna

Oprobio en New Jersey

Hoy es el día en que todos nos levantamos siendo Hulk, tras la pesadilla de anoche, y queremos destruirlo todo: el Bernabéu con su sala de trofeos, Valdebebas, el carnet de socio, las fotos vestidos de madridistas...

Es comprensible, yo llevo muchas horas en shock y me niego a seguir siendo un bondadoso y tímido Bruce Banner de la vida.
Lo de anoche obedeció a un plan perfectamente premeditado y ejecutado por el Cholo Simeone: sin duda el argentino había visto el trote de los nuestros ante Bayern y Arsenal. Olió la sangre, esa misma sangre que sin duda no logró sentir en la final de Milán en 2016, cuando los nuestros pedían la puntilla y cojeaban como Cristiano y Bale. Ayer no era una final de Champions, pero Simeone se lo tomó como tal. Vio que podía pasar a la historia como el técnico colchonero que más hondamente goleara al eterno rival y vecino molesto. Ya nos hizo un 4-0 en el crepúsculo de Ancelotti, no lo olvidemos. No desaprovechó una tarde neoyorquina en un estadio histórico para despellejar a un Madrid que desde el primer minuto demostró estar a años luz de la preparación física y mental de un derby.

Un Madrid-Atleti hay que tomárselo siempre en serio, o si no, no jugarlo. Anoche en el Met Stadium mostramos al mundo entero nuestras vergüenzas en carne viva. Miles de madridistas ilusionados llegados de todos los puntos de Norteamérica -y de todas las Américas- presenciaron en vivo cómo iba el Atleti cortándonos nuestras cabelleras sin ni siquiera encontrar una mínima oposición de pundonor o de amor propio. En los primeros 30 minutos, ya con un insultante 0-4 en el marcador, todos los madridistas, contrariamente a nuestro ADN de negarnos a aceptar una rendición, implorábamos que aquello terminase, ya que el dolor era insoportable. Firmábamos un 0-6 final antes de que aquello terminase todavía peor que el fantasmal 1-9 de los de Boskov en 1980 ante el Bayern.

Las explicaciones de Zidane y de Ramos fueron aún más sangrantes que la exposición de las cabelleras cortadas sobre el césped de New Jersey. “Solo es pretemporada”, “lo tomamos como amistoso y ellos no”. Al bochorno vivido sobre el césped se sumó la falta de respeto ante el cadáver aún caliente, dándole cero importancia ante lo que había sido una absoluta vergüenza para los 50.000 madridistas presentes y los cientos de miles que estuvimos desvelados hasta las cuatro de la madrugada asistiendo atónitos a una masacre que para nuestros generales Zidane y Ramos carecía de mayor importancia.

El Cholo ya tiene para siempre su trofeo: despedazar siete veces al rival blanco. No vale, por supuesto, ni una centésima parte de sus derrotas en Lisboa y en Milán. Pero para un madridista que lleva viendo al equipo desde hace casi medio siglo, el oprobio vivido anoche siempre permanecerá como uno de los mayores de su vida como seguidor.

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