La Galerna

Oda a Lukita

Desde que Luka Modric le diese, hace unos días, los tres puntos al Real Madrid con aquel zapatazo a la escuadra derecha en Granada, ríos de tinta han corrido por los cuatro puntos de la geografía nacional alabando las virtudes del que, para mí, es el jugador más importante dentro de la plantilla blanca. La frase definitiva de entre todas las que se han dicho o escrito se la leí, sin embargo, a Willy Sagnol hace un par de años en Twitter: “Modric da la impresión de no ser consciente de lo bueno que es. Es como esa chica guapa que no sabe que es guapa”. Así, tal cual, para no robarle ni una coma.

Luka corre por todo el césped como un niño lo hace por el asfalto del campo de su colegio: ilusionado, vertical, buscando el balón allá donde esté con el único objetivo de tenerlo en sus pies lo máximo posible. Es un yonqui de la pelota, un enganchado al tacto del cuero, el hombre que más metros es capaz de recorrer dentro de un estadio para encontrarse con el esférico. Le profesa un amor incondicional y puro, como los grandes de este deporte, como los verdaderos enamorados de esta pasión llamada fútbol.

Modric es pequeño y no especialmente agraciado. Si uno camina por los aledaños del Bernabéu un día de partido no encuentra a mucha gente con su dorsal en la espalda. Sin embargo, cuando por fin ve a lo lejos a alguien que sí luce ese diecinueve con orgullo, sabe que ha dado de lleno con un fanático del balompié. Porque Lukita cae bien hasta a los enemigos, es el hombre que más bocas ha callado en este país en menos tiempo y creo que es algo de lo que la lista Guinness no tiene constancia todavía, aunque bien debería tenerla.

La de improperios que tuvo que aguantar en su día porque había costado diez millones más que Chigrinskiy o un par de millones menos que Jackson Martínez. Fue, según un importante diario deportivo, el peor fichaje de la temporada 2012 y para mí, sin embargo, ha sido el fichaje más rentable desde el de Cristiano Ronaldo. Lo pidió un portugués hace ya unos años y lo han sabido rentabilizar un italiano, un español y un francés, porque aunque parezca un chiste a Luka le sacaría provecho cualquier persona en el mundo diciéndole únicamente: “Lukita, sal y crea”, como ya comentase mi amigo Juanan en esa bendita red social llamada Twitter hace un tiempo.

“Si Luka sonríe, el mundo sonríe”, escribí yo en una ocasión. Porque cuando a él lo ves feliz dentro del campo sabes que algo bonito está por ocurrir: un centro, un disparo certero, un pase al hueco… lo que sea. A mí, desde luego, el mundo me parece un lugar mejor cuando ese croata con aires cruyffescos salta como un conejo por el césped del Bernabéu con la bola controlada. Es extraño porque Modric no es ni Zidane, ni Redondo, ni Cruyff, ni Pirlo pero a mí me recuerda tremendamente a todos ellos. La clase del primero, la garra del segundo, el desparpajo del tercero y el pase imposible en las distancias cortas del cuarto. Una mezcla perfecta embotellada en un cuerpo escuálido en la distancia que esconde un músculo insólito en el cara a cara. Luka Modric es una contradicción en sí mismo pero, madre mía, bendita contradicción.

De entre todas las piezas de oro y rubíes del tablero de ajedrez que Florentino Pérez se ha ido encargando de traer al adamascado césped del Bernabéu, Modric es, en mi opinión, la más importante de todas a día de hoy. Él es la reina de la partida, el que dispone de más libertad de movimiento, el que tiene el deber de meter más fichas ajenas en el cajón de madera, el único que parece dotado con el poder de la bilocación y aquel en que se basa todo el juego del equipo más importante de la historia del fútbol mundial. Sobre sus estrechas espaldas recae todo el peso del Madrid y, a pesar de su reducido tamaño, es más que capaz de soportarlo. Quizá no venda camisetas, quizá ni él mismo se crea que es la mejor bailarina del escenario, pero yo les aseguro, queridos amigos, que no hay otro que dance mejor a la luz de la luna de Madrid que esa bendición llegada de Croacia llamada Luka Modric.

Sigue bailando, Lukita, no dejes nunca de bailar.

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