La Galerna

No se acaba hasta que se acaba

La principal novedad que encierra esta crisis del Madrid es el grado de apoyo de la plantilla al entrenador que dicha crisis ha puesto en la picota. El respaldo público y privado de la generalidad de los jugadores a Lopetegui es claro y enérgico. Muchos quieren comparar esta crisis con la que se llevó por delante a Benítez cuando en realidad hablamos de cosas opuestas: a Benítez sus subordinados no podían ni verle, mientras los subordinados de Lopetegui no quieren ni oír hablar de la opción de perderle. “Si le echan nos tendrán que echar a todos”, espetó un pasional Isco ante la prensa, dejando en la frase la dosis justa de ambigüedad como para insinuar incluso la posibilidad de un plante.

Los plantes, antes, de darse, se daban para que al entrenador le echaran (la famosa “cama”) mientras que si hay algo que aquí no se adivina ni por asomo es la presencia de ese mueble de descanso, por mucho que algunos opinadores defiendan esa tesis. Como ya apuntó Paul Tenorio, hay que tener una gran puntería (y una asombrosa querencia el riesgo) para mandarla no sé cuántas veces al palo si quieres que echen a tu entrenador. Los jugadores están con su técnico y buscan genuinamente ganar, lo buscan no a pesar de él sino por él incluso, lo que no implica que lo hagan por los caminos tácticos que el propio técnico les indica. La desaparición de los fundamentos lopeteguianos de la praxis del equipo, fundamentos que tan brillantemente se expusieron la noche de la Roma, constituye para mí, que ya he visto mucho en el Madrid, uno de los misterios más desconcertantes con los que he topado. No tengo la menor duda de que los jugadores no quieren que se vaya Lopetegui, como tampoco tengo ninguna duda de que los jugadores no están haciendo lo que Lopetegui les pide que hagan. Si tanto quieren que Julen se quede (e insisto en que no tengo ninguna duda de que lo quieren), ¿por qué no empiezan por hacer lo que su entrenador dispone? Es un sinsentido completo, una paradoja que de modo nada retórico pido a mis lectores que me ayuden a despejar. Los futbolistas lo intentan de todos los modos posibles menos del modo que sabemos les indica precisamente la persona a la que quieren salvar. La presión arriba, el movimiento vertiginoso del balón... Todas las claves de Lopetegui se han esfumado como por ensalmo. Y no es que a los jugadores les costara captarlas, dado que ya han probado sobradamente que las entendían y las llevaban a la práctica ejemplarmente. Solo que ahora no lo hacen. Es una especie de “haría cualquier cosa por ti menos hacerte caso, incluso aunque antes te lo hiciera”.

Otra diferencia esencial entre la situación con Benítez y la situación con Lopetegui es que ahora no hay a mano un Zinedine Zidane que tome el relevo. Claro que en el momento en que Florentino Pérez despidió a Rafa para contratar al marsellés todo el mundo sabía quién era Zidane, pero nadie sabía que Zidane resultaría en Zidane. Sustituir a Benítez por Zidane era una jugada en muchos aspectos tan arriesgada como lo sería ahora el sustituir a Lopetegui por otro... con una salvedad que supone volver al principio: no hay mayor riesgo que cesar a un mando intermedio por quien beben los vientos los de rango inferior. (Abrimos un paréntesis literal para consignar que quizá el único Zidane que ofrenda el mercado en este momento sea el propio Zidane, quien devolvió una radiante sonrisa al alto ejecutivo del club que, al encontrarse ambos en la última gala FIFA, le pidió que calentase por si tenía que salir).

En medio de todo esto, Lopetegui sigue ahí, agotando los símiles macabros. “Muerto en vida” o “cadáver erguido” no son expresiones de mal gusto por lo escatológico sino por el lado de las habichuelas, sobre las que se bromea menos que sobre la defunción. Se dice que está sentenciado, que no es si sí o si no, sino meramente el cuándo, pero yo no me lo creo. Si llega al Camp Nou (y creo que va a llegar) y si el Madrid gana allí (y creo que va a ganar), a ver quién es el guapo que lo cesa. Me alegraré de ambas cosas (la victoria en casa del rival catalán y el no-cese de Julen), ya que Lopetegui me parece un gran tipo y un entrenador muy competente, por más que ninguno de los dos rasgos permitan a estas alturas (con la magnitud del despeñe que ha experimentado el juego y el grado de envilecimiento que ha adoptado el entorno) afirmar sin temor a dudar que el mantenerle en el puesto sea la opción más atinada. Lopetegui merece seguir ahí, pero es posible que su presunta (a decir de muchos) falta de talla para el puesto sea ya una profecía autocumplida, dado que no hay temple en el mundo capaz de aguantar un océano de dudas sobre la capacidad de uno que no termine afectando a la propia capacidad. Es posible que Lopetegui no sepa ya el porqué de sus propias decisiones. ¿Dónde acaba la honestidad y dónde empieza el empecinamiento? ¿Dónde acaba la búsqueda de la paz y dónde empieza la política? No hay mejor camino para el error que no estar ya seguro de tus motivaciones.

No es verdad, como digo, que Lopetegui esté muerto, por seguir con lo mórbido. Nadie está muerto hasta que está muerto y de nada valen las historias sobre luz blanca al final del túnel. Como cantaba Lenny Kravitz, it ain’t over till it’s over (no se acaba hasta que se acaba). La vida no es un partido de fútbol, no hay un tiempo para remontar que en un momento dado se imponga ya como insalvable. Es más bien un partido de tenis en el que pueden superarse infinidad de match-balls. El fútbol es vida y por tanto no se parece a sí mismo sino al tenis. Yo aún sueño con un Lopetegui que supere el punto del partido del Camp Nou (porque puede, y lo sabéis hasta aquellos para quienes esta realidad es incómoda) y sigue y sigue y sigue.

Salir de la versión móvil