La Galerna

Míchel, uno de los míos

José Miguel González Martín del Campo, Míchel, está para siempre en la baraja de oro de la Quinta del Buitre, donde era el guapo. Entre otras cosas, obviamente. Es, Míchel, un naipe del mejor Madrid de mi memoria, uno de los míos. Por generación, que compartimos, y porque está de culpable de corazón peleón y buen pelo en algunas celebraciones memorables de mi biografía de madridista. Reinventó el centro con rosca mágica de nítida puntería, y le pegaba seco al pie del palo, sin despeinarse. No es que echemos de menos a Míchel en el Real Madrid de hoy, o de antes, pero sí viene en la copa de la nostalgia, cuando la nostalgia arrecia, como un amigo imborrable que después del Madrid se fue a hacer carrera de entrenador por el mundo. No sé dónde está ahora, exactamente, después de entrenar a un remoto equipo mejicano. Pasa el tiempo, pero no pasa. Metió goles de delineante, y centraba como un diablo con telescopio. Logró que el dorsal 8 resultara un dorsal de vitrina en el Real Madrid.

Pasa el tiempo, pero no pasa, efectivamente. Quiero decir que Míchel es el Real Madrid, por ADN, y por historial, aunque durante temporadas, tras colgar las botas, se haya empleado con batuta rendida y atareada en otros clubes, nacionales o internacionales. El Madrid, por rachas, ha tenido algún momento en que ha sido algo así como las Naciones Unidas de los peloteros famosos, pero el Madrid de Míchel fue un prodigio de canteranos donde él la ponía con ojo de lince. Logró la eternidad del 8, un dorsal que llevó antes Amancio, y luego Pedja Mijatovic, que mojó en la noche efervescente de la Séptima. Míchel se crío en los parvularios madridistas, pegó el estirón de futbolista de cartabón en los alevines del club, y vivió y prosperó de titular de estilo, en medio del clamor del Bernabéu, durante muchas temporadas inolvidables. Yo arriesgaría que fue el primer metrosexual del Madrid, pero sin serlo, porque él no tenía la lujuria de los tatuajes, o el vicio de las mechas, incluso, que es lo que se ha venido llevando después, con la cuota anual de apolos importados. Luego de rematar su carrera de futbolista, arrimaba el hombro en acuñar canteranos, y afinarlos, y no pocas veces sonó en serio su candidatura de mandamás del banquillo de Concha Espina. Resulta tópico escribir que lleva por corazón el escudo del Madrid, pero hay que escribirlo. Es uno de los míos, y uno de los nuestros, y aupó a la espalda el 8 histórico que luego paseó Kaká, por ejemplo. Fue un guaperas macho, y tenía pancarta con su nombre al aire en la grada y club de fans antes de Cristiano Ronaldo. Se fue, pero el corazón no deja que se vaya.

 

Fotografías: Imago.

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