La Galerna

Otra Liga que no ha ganado Luka Modric

Lo peor de que pase el tiempo, de que se vayan las Ligas, no es la sensación de hacerse viejo; tampoco el hecho de que no las gane el Madrid, sino que no las gane Luka Modric. El último de los emperadores blancos del centro del campo, cuyo linaje moderno se remonta a Redondo, ve pasar los títulos domésticos como las vacas ven pasar los trenes. Esta situación, que debería exasperar a los poetas, amenaza con volverse normal, costumbre, perniciosa tradición. Eterna. Ha pasado otra Liga, y las exhibiciones de cada fin de semana de este pequeño gigante croata han vuelto a no ser suficientes. Modric es Tántalo, y la Liga es su saco de manzanas.

En el Madrid que yo he visto, han existido dos clases de mediocampistas: los patrones y los obreros. A la primera raza pertenecieron Redondo, Seedorf, Zidane o Alonso. A la segunda, Karembeau, Flavio Conceiçao, Makelele, Lass o Khedira. Aristocracia y Tercer Estado, todos han mordido la gloria. También Modric, monarca en la Décima, factótum del mejor Madrid del siglo XXI. Sin embargo, todos los anteriores ganaron Ligas, menos él, desheredado del paraíso del que el Madrid continúa siendo el dueño: ninguno de los treinta y dos campeonatos nacionales ganados por el Real lleva su nombre, ominosa indiferencia de un fútbol empeñado en negarle este triunfo.

El Madrid contemporáneo está urdido en torno a la figura de los grandes registas, los directores del fútbol: la Séptima y la Octava son de Redondo; la Novena, de Zidane, estrella solar del 4-4-2 delbosquista. La Décima es de Modric, y quién sabe si la Undécima. Existieron Mijatovic, Raúl, Roberto Carlos, Figo, Hierro, Ramos, pero ellos, los centrocampistas, fueron los capataces de obra. La catástrofe muscular que sufrió Modric en noviembre de 2014, condenó a la postre el camino del Real en la temporada pasada. Su tesón competitivo ha mantenido vivo el sueño liguero en ésta. Además, ha teledirigido al Madrid en su camino a Milán, desbrozando veredas sólo visibles en sueños con su naturaleza magnética, dinámica, acaparadora del balón y los espacios. No hay más que ver el empate del Madrid en el Camp Nou, hace un mes. Eso es Modric, síntesis del Madrid de los centrocampistas.

Redondo hacía girar el partido en torno a su zurda, como si fuese un gigantesco imán; Zidane se ponía al frente de cargas de caballería majestuosas, clásicas, con su estilo imperial de avanzar controlando el balón, erguido, divino, único. Modric se conecta al resto del equipo como a un cuerpo articulado, inteligente: desde los centrales a Benzema, todos son terminaciones nerviosas de un mismo sistema humano, que vence carcomiendo al rival entre líneas, a la manera de una colonia de termitas.

Pero pasan las Ligas, se escurre el tiempo, goteando desde el reloj puesto encima de la mesa, y el suelo está todo perdido de títulos ganados por fontaneros de la Historia. Las generaciones futuras no recordarán que un tal Gabi, en 2014, estuvo a dos minutos de ganarle a Luka Modric una Copa de Europa, justo después de haberle ganado una Liga; sólo unos cuantos conservaremos la memoria de estas cosas, una especie de botín con el que valorar lo irónico del mundo. Pero sucedió de esta manera, y ambos futbolistas, estandartes de dos concepciones antagónicas del balompié y de la narrativa, volverán a encontrarse en la liza por la copa más importante, en el partido mejor del año.

Lo hermoso contra lo gris. Lo que brilla contra la gota de sudor. Casi siempre gana el sudor, aunque Modric es también quien más se fajó en tantos otros partidos, este año, en que su equipo casi dimitió de competir: contra el Betis, contra el Granada, contra tantos otros equipos, partidos grises, algunos perdidos, otros ignominiosamente empatados. Siempre estuvo el bajito, el hombre que le robó al barcelonismo la silueta de Cruyff y la trajo a Chamartín; el genio de la lámpara, el icono del 19, el que nunca quiere perder, el que, como Al Pacino en Scarface, juega bien hasta cuando juega mal. Quiso ganar Modric esta Liga, como todos los demás. Pero viéndolo jugar, uno tiene la impresión de que él la quiere más, y que esta dama se empeña en no bailar, en marcharse antes de que amanezca, en no culminar nunca el gran relato del amor.

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