La Galerna

La esperanza es innegociable

Es uno de mis primeros recuerdos. Yo tendría, no sé, siete u ocho años. Soy una de esas personas cuyas primeras imágenes son tardías: hay gente que es capaz de contar, con la borrosa exactitud que provoca la distancia, cosas que les sucedieron cuando tenían cuatro o cinco años. No es mi caso. Yo, de aquel recuerdo, solo tengo el flash de mi padre limpiando unas espuertas en el corral de la casa del pueblo. El Madrid se jugaba la liga, creo que en un partido con el Athletic de Bilbao, aunque no estoy seguro. Entonces yo, repitiendo lo que oía hablar a los mayores, le dije: Esta tarde ganamos. Y el me respondió, con la ilusión de un niño: Dios te oiga. Era un sábado, y sé que perdimos. No porque lo recuerde, sino porque aquella liga la ganó el Athletic.

Otro recuerdo, este más claro. 1989. El Madrid se juega el pase a cuartos de final de la Copa de Europa con el Milán, después de perder dos a cero en San Siro con aquel penalti de Buyo dos metros fuera del área. Al final de la primera parte, Chendo saca de banda, en largo, hay una melé en el área y el Madrid (¿fue el Buitre?) marca el uno cero. Mi abuelo, un hombre de más de ochenta años, rompe a aplaudir con la sonrisa de un niño en la cara. Después hubo una segunda parte con el Madrid volcado en área milanista, y mi abuelo, mi hermano y yo sobre el televisor. Pero el marcador ya no se movió. No nos clasificamos.

Sí. Perdimos las dos veces. Y, sin embargo, hoy, después de tantas victorias, si alguien me preguntase por los momentos que hicieron que el Madrid se convirtiese en uno de los amores de mi vida, respondería sin dudarlo que fueron esos dos. Parecer curioso: se me metió en la sangre el club más ganador del mundo, incluso en estos días de ligas extrañas y VARES que no funcionan, con dos derrotas. Parece curioso, pero no lo es.

Porque, para mí, el Madrid, más allá de las victorias y los títulos, es la cara de ilusión de mi padre y la sonrisa de niño de mi abuelo: la conciencia de que se puede perder, pero la fe innegociable en que vamos a ganar. El Madrid son las llamadas de mi hermano los días que ganamos y los cientos de partidos en casa de Juancho con mis amigos. Es la vuelta a la infancia y a la adolescencia. Al tiempo en el que todo es posible porque la vida aún no se ha mostrado tal y como es, así que pensamos que se cumplirán todos nuestros sueños o que marcaremos un gol en el minuto noventa y tres para levantar otra Copa de Europa. Es el regreso a la época en la que todavía nos creemos inmortales y por eso no dejamos de creer hasta que el árbitro pita: porque la muerte no existe. Y si la muerte no existe, la rendición no es algo que entre en nuestros planes.