La Galerna

Grandeza

Buenos días. Qué bonito es el periodismo -incluso el periodismo deportivo, si se nos permite el uso de este sintagma que se está convirtiendo en una contradicción intrínseca a pasos agigantados- cuando se decanta por dar cabida en sus páginas al "lado humano". En la infravaloradísima True crime, encargan al viejo periodista que encarna Clint Eastwood la realización de una entrevista "de interés humano" con un reo condenado a muerte que en unas horas va a ser ejecutado. Aunque no hayan visto la película, y si tienen la suerte de haberla visto con más motivo, se pueden imaginar lo que hace Eastwood con ese "interés humano": pasárselo por el mismísimo forro y encargarse de hacer todo lo posible, contrarreloj, por evitar que el reo (a quien la intuición de Eastwood marca como inequívocamente inocente) sea ejecutado.

Lo malo es que ni nuestra intuición ni nuestra experiencia nos permiten tener en la misma consideración al protagonista de la historia de "interés humano" que nos trae Sport. No es inocente ni por el forro. El forro de Eastwood o el de miles y miles de españoles que han mostrado públicamente su hartazgo con el personaje y que hoy no piensan enternecerse con sus lágrimas por mucho que Mascaró nos indique que eso es lo que corresponde hacer.

Por efecto del movimiento péndulo que todo o casi todo lo rige en el cosmos, nuestra sociedad ha pasado de avergonzarse por las lágrimas (especialmente las lágrimas en público de un homo sapiens del sexo masculino) a encumbrarlas como máxima señal de grandeza. Porque ese (grande) es justo el adjetivo que emplea Sport para referirse -nos imaginamos por el contexto que a eso alude cuando atribuye grandeza al personaje- a las lágrimas de Piqué en una entrega de premios. "¡Qué grande eres, Piqué!" Y añade, presuntamente en el afán de aclarar el sentido de semejante exclamación: "Gerard mostró su lado más humano y rompió a llorar al dedicar el premio a sus padres". ¿Lo ven? EL LADO MÁS HUMANO.

Es de una inmensa crueldad el mofarse de las lágrimas de nadie, y no es nuestra intención aprovechar esta anécdota (que los colegas de Mascaró elevan a la categoría de noticia de portada de un diario de ámbito nacional, que se publica en casi todos los husos horarios de la península) para desencadenar una tormenta de burlas fáciles. Pero nos sentimos en la obligación de señalar que, si cruel es la mofa hacia quien llora, sea quien sea, absurdo e irritante es pretender convertir a quien derrama lágrimas en alguien bueno, respetable o "grande" por el simple hecho de derramarlas. Máxime cuando el historial del que llora desmiente pormenorizadamente la grandeza que se le atribuye al soltar el moco. Piqué llora al dedicar un premio a sus padres y no tenemos nada que decir sobre esta cuestión tan absolutamente íntima que es la portada de Sport. Probablemente los padres de Piqué sean personas estupendas y (esta vez sí) grandes, aunque si lo son no lo serán tampoco por las lágrimas de su hijo, sino por otras razones. Una de las cosas que nos enseña la vida es a no asumir que un maleducado sea por necesidad el resultado de una mala educación, aunque tal cosa parezca indicar la semántica. Los seres humanos vienen al mundo dotados de una poderosísima carga genética, y si algo viene torcido ahí ni los mejores educadores del mundo son capaces de enmendar la plana ni a la biología ni al Destino. Acojámonos a esta posibilidad para brindar credibilidad a la hipótesis según la cual los padres de Piqué podrían tal vez (ellos sí) ser "grandes".

El que sí es grande es Cristiano Ronaldo. El más grande que han visto los ojos de los madridistas que por edad no vieron jugar a Di Stéfano. Si su palmarés en nuestro club no está a la altura del que cosechó D. Alfredo es porque Cristiano ha coincidido en el tiempo con un Barcelona grande (otra vez) en su capacidad de jugar al fútbol y de engatusar a los medios y de medrar en los despachos -ponga cada cual los porcentajes de "grandeza" que estime convenientes-, pero no verán nuestros ojos otro igual a Cristiano.

Anda en discusión la grandeza actual de Cristiano, y es precisamente esa grandeza, y no la que consagran sus méritos pretéritos, la que debe regir el criterio de un entrenador a la hora de optar por una alineación, o el criterio de un gestor cuando determina las altas y bajas de una plantilla en el mes de junio. Si verdaderamente, como sugieren muchos madridistas, ha podido llegar la hora en que Cristiano conozca los sinsabores del banquillo, o si en junio llegará la hora en que la masa social viva el trauma de verlo partir, sea.

En La Galerna, sin embargo, tenemos nuestras muy serias dudas al respecto, y nos preguntamos hasta qué punto no les temblaría clamorosamente el pulso a todos los que afirman que la hora final de Cristiano ha llegado. Si tuviera que venir de su puño y letra la orden de su suplencia y/o de su sentencia de traspaso, ¿de verdad quienes parecen tenerlo tan claro no zozobrarían? Y no preguntamos si zozobrarían en atención al pasado (no es un revenido "con lo que nos ha dado"), sino en atención al futuro inmediato. ¿No está Cristiano aún en condiciones de reventar muchos partidos, de decidir muchos choques, de conducirnos a la gloria? Opinamos que sí.

Finalizamos, dado que hoy el concepto de grandeza constituye nuestro improvisado leitmotiv, con un apunte de la grandeza pasada del diario As. Decimos grandeza y decimos bien. La portada de hoy, con el inesperado soplo de aire fresco que supone el que por un momento viren del acoso a Florentino a la constatación del acoso del CSD a Villar, nos retrotrae (mucho nos tememos que, ay, efímeramente) a la época en que Relaño instauró el término villarato para referirse al caldo de cultivo por el cual los árbitros tendían de una forma natural a beneficiar al Barcelona por las conexiones entre el club catalán y el mandamás del fútbol español. El villarato sigue existiendo pero Relaño, que acuñó con fortuna el término, ya nunca habla de eso. Ha sustituido enemigos, y lo ha hecho de manera más que discutible.

Pero sí: Relaño fue un periodista grande. No tenemos muchas esperanzas, pero le invitamos a que se reencuentre.

Pasad un buen día.

 

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