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Gareth Bale y la nostalgia

Gareth Bale y la nostalgia

Escrito por: Albert Blaya Sensat26 mayo, 2020
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El principal problema de ganar respecto a perder es que todo el mundo espera que sigas haciendo lo primero y te olvides de lo segundo. Algo así como “o ganas o serás un perdedor, aunque hayas ganado mucho”. Las Champions, cuatro en un lustro, del Real Madrid  no como un aval sino como una tortura rutinaria con el paso de los días y los partidos. Una tuerca que aprieta y no deja construir, porque oprime. Las victorias son una moneda de doble cara. Como casi todo lo bueno en la vida, tiene efectos secundarios que no siempre analizamos.

Lo cierto es que es imposible hablar del Real Madrid. Es un ejercicio muy complejo porque no hay una solución, una respuesta, un problema, un culpable o un salvador. Nada de ello es cierto salvo para los que quieren tener la razón. Y aquí hay un servidor que es creyente del escepticismo como forma de vivir. Y hablar del Real Madrid me produce un extraño placer, un cosquilleo parecido al del primer beso. Es algo desconocido, no se puede explicar. Y eso que no soy del Real Madrid, y quizás precisamente por esta condición de extraño, de visitante, me siento como un turista anestesiado por los secretos de este club que vive siempre en el alambre, haciendo gala de un equilibrio laxo, pastoso.

Cuando David Foster Wallace publicó La broma infinita entendió que no podía superarla. Que había tocado techo. Que era una obra demasiado grande, maníaca, dolorosa, triste, divertida. Tenía 32 años. Estuvo otros doce buscando “Otra Cosa”, pero no pudo. La obsesión por construir algo distinto unida a su depresión crónica lo llevaron a suicidarse en 2008. Cuentan amigos suyos, críticos y expertos, que Wallace supo, nada más terminar el libro, que aquello que había construido era insuperable. Y todos queremos tener la falsa esperanza de creer que podemos volver a superarnos. El Real Madrid ganó 4 Copas de Europa en cinco años con una “facilidad” terrible. Niños como Carvajal, Varane, Isco o Casemiro se acostumbraron al éxito de forma enfermiza. La victoria es una droga extremadamente fuerte y maravillosa, te catapulta al éxtasis sin tener que pagar ningún peaje previo. Sus efectos secundarios suelen ser devastadores. A sus 24 años, edad aún temprana, cubrían su bisoñez con Copas de Europa. Después de aquello nada podía volver a ser igual. El Real Madrid construyó una dinastía de forma absolutamente tiránica. Después no supo qué hacer.

Los blancos acumularon noches grandes de forma maquinal, imponiéndose a todo y todos. El Madrid de ZZ, el Primer Madrid, era el equipo de las mil caras. Su identidad táctica no estaba sustentada bajo ningún “patrón” reconocible de juego, sino en una laxitud propia de quién tiene a los mejores y, lo más importante, se sienten los mejores. Una excelencia técnica sustentada en el tiempo unida a una tenacidad imposible. El Madrid aguantó siempre los peores pronósticos y lo peor —o lo mejor, depende de cada uno— es que hizo de esta inconsistencia consistente su modus operandi. El Madrid era una paradoja que solo sabía ganar. Asentado en una alergia a la rutina liguera y bajo la creencia de que su historia se escribe en las noches marcadas en el calendario, la Liga 16/17 fue más un milagro que una consecuencia lógica. Una plantilla absolutamente ingestionable a largo plazo, con talentos en su mayor pico de forma y mil variables. Cardiff fue el cénit. Y dio la sensación de que todos lo asumieron, pero las mieles de la eternidad son muy dulces. Renunciar a ello no es fácil.

El Real Madrid celebrando el gol de Cristiano en la final de Champions

Pero como suele pasar, irse a tiempo es siempre lo más difícil. Gestionar la post victoria es un terreno pantanoso. El Madrid vivió el último año de Cristiano y ZZ como una hipérbole de todos sus vicios; incapaces de competir en el día a día, como un alumno superdotado, viviendo más que nunca sobre el alambre en Europa y ganando en una noche raruna, con dos goles de un tipo que ha estado siempre condenado por la opinión pública. Gareth Bale esconde bajo su rostro hierático una determinación descomunal. Un jugador que, a mi modo de ver, resume a la perfección lo que es este Real Madrid. Incapaz de ser constante y regular, de darle al Madrid una Liga, pero sí varias Champions. Porque Bale fue decisivo en 2014, el líder en 2016 y el héroe inesperado en 2018. Momentos que ya son suyos.

Gareth tiene dentro de sí un poder de convicción que solo entiende de martillazos, como si el gatillo estuviese demasiado fuerte como para poder apretarlo todos los días, pero el día que puede, que logra lanzar su bala, lo destruye absolutamente todo. Bale no necesita sentirse importante para ganar partidos, ni siquiera respaldado. Ausente, su fútbol se relaciona solo con los libros de historia, un jugador de extremos, que no encuentra redención en la rutina, en la calma, sino en la vorágine de la moneda al aire, en esos instantes donde la cara te lleva al cielo y la cruz de cabeza al infierno.

El Real Madrid murió lentamente, pero de golpe. Las marchas de Cristiano y Zidane fueron la certificación de una muerte anunciada (Garcia Márquez dixit). En cierta manera el realismo mágico del propio Márquez se apoderó del relato blanco. El Madrid convirtió lo rutinario en extraordinario y lo extraordinario en normal. Quizás el guion de esta historia la escribió el Premio Nobel de literatura. Una vez certificada la defunción de aquel Madrid, Florentino Pérez tuvo que tomar medidas. ¿Sustituir a CR con Neymar/Mbappé/Hazard? ¿Regenerar al equipo y buscar a un técnico que, asumiendo la rareza de lo sucedido, tomara decisiones valientes para crear una cara definida?

Gareth Bale y Zidane se saludan

La nostalgia solo es buena en pequeñas dosis. Tomando un café, mirando una película o leyendo un libro. Ahí es bienvenida. Un pequeño sorbo. Pero cuando la nostalgia es el argumento para reconstruir acaba siendo un parche que, encima, es doloroso. La vuelta de Zidane se asemeja mucho a un ejercicio de autoayuda. El intentar recuperar a cualquier precio una felicidad que ya no es tuya pero que alguna vez lo fue. El no querer contar con Gareth, pero tener que seguir haciéndolo titular. Eso es nostalgia forzada. Al final, Gareth Bale es problema y solución. Y es algo muy sintomático. El galés es la metáfora del Real Madrid. Bale representa como nadie los vicios y defectos (parafraseando a Dorian) de la entidad. Una determinación imparable desconectada por completo del día a día. Bale y el Real Madrid están condenados a mirarse al espejo y reconocerse. Y no quieren. El galés es feliz en su mundo, como de estudiante de Erasmus, en un país que le gusta, que disfruta y mira con afecto, pero del que no quiere atarse. Un estudiante que solo se presenta el día del examen. Y en el Real Madrid con eso, por muy buena nota que saques, no basta.

Probablemente la historia termine siendo más justa que el presente con Gareth Bale. Seguro. Un futbolista que ha sido decisivo en algunos de los momentos más importantes de la historia reciente del club “a pesar de” tantas cosas. De hecho, el rechazo que provoca Bale no es tanto este a “pesar de”, sino las victorias en sí. Que la gente no quiere comprar que un jugador que parece vivir fuera del Real Madrid termine siendo la viva imagen del Real Madrid.