La Galerna

Ganar LaLiga, el patriotismo mínimo

Soccer Football - Spanish La Liga Santander - Real Madrid vs Valencia - Madrid, Spain - August 27, 2017 Real Madrid's Sergio Ramos with LaLiga trophy before the match REUTERS/Javier Barbancho - RTX3DKK9

Es síntoma del madridista ser presa de la impresión: un gesto estético arranca la batería de aplausos de la tribuna, corona al jugador con su apoyo y le impele a demostrar trucos cada vez más inverosímiles. Pero cuando en Chamartín se percibe un futuro alma mater se le exige persistencia. Aquí, si deleitas una vez, debes alimentar de seguido la vista del aficionado. La pirotecnia sobre el tapiz no supone una renta: el Real Madrid no concede crédito. La disyuntiva es clara: o festín continuado o se sale por la puerta de atrás.

Ortega y Gasset entendía por patriotismo inactivo la tentativa de mirar de reojo a la galería de ilustres figuras históricas. Ahora, sin maestros artificieros dotados de la regularidad necesaria para mantener la mecha prendida, la memoria traiciona al madridista. El Real Madrid duele, duele tanto que para el aficionado entregarse a la agonía es mejor que asumir la tarea reconstructiva del club. En el tamiz de juego corretean las no todavía viejas glorias. Pero el Bernabéu recela: la última versión de muchos jugadores de la plantilla 2019/2020 es un mal simulacro de la versión original. Este mal endémico azota a todas las líneas posicionales. Aceptando a regañadientes que la pólvora es escasa, algunos jugadores se resignan a la incertidumbre. Sergio Ramos, después del empate ante el Brujas, cargaba la mochila de promesas: “Tenemos que hacer más, tenemos que hacerlo mejor. Así de claro.” Entre tanta profusión de trabajo duro se reconoce implícitamente que, se mejore o no, no hay vuelta atrás. No queda suficiente talento para los grandes escenarios europeos.

se reconoce implícitamente que, se mejore o no, no hay vuelta atrás. No queda suficiente talento para los grandes escenarios europeos

La sonrisa imbatible de Zidane abre paso a su hartazgo en ruedas de prensa. Para contrarrestarlo, parece que nuestro entrenador opta por el hábito y la tonsura, tal vez en recuerdo de su mentor en los noventa, Marcello Lippi. «Tendrá toda su vida un poco de Italia en él». La apuesta conservacionista de Zidane puede ser una inspiración de la patria juventina. Recios en defensa y en ataque ya se irá viendo. Que el equipo ofrezca regularidad en el campeonato español es la demanda más sonada del siglo XXI. En Europa, mientras, siempre se recurre a los milagros. ¿Existen jugadores en la plantilla capaces de realizar prodigios? Las posibilidades en territorio Champions pasan por la irrupción del genio, individual o colectivo pero siempre efímero. Hincarle el diente a la orejona no precisa de una rigurosa arquitectura táctica ni de una escuela de juego, como recordaba Antonio Valderradama en El Bernabéu. El Dios del Antiguo Testamento: “En el Madrid no valen métodos ni escuelas de pensamiento y enseñanza platónicas o aristotélicas como en el Athletic de Bilbao, el Barcelona o el Ajax.”

Como depredadores los madridistas no admitimos distinción, todos los títulos suponen un objetivo irrenunciable. Tan cierto como que una de las constantes históricas del club no consiste en casar Liga y Champions en una misma temporada. En cualquier caso, el Real Madrid necesita sentirse vivo fronteras hacia adentro, asumir la competición liguera como una hoja de ruta plena de certidumbre. Tras un estado de shock, el equipo encadena dos o tres partidos de relativa seguridad, pero vuelve a las andadas cuando se olvida de sus carencias actuales. Repetimos: no hay vuelta atrás. El esplendor de un pasado reciente, con aroma portugués, no volverá. Es necesario competir siendo conscientes de ello. Olvidarlo nos aboca a estrellarnos una y otra vez. El Real Madrid se asemeja hoy al cuadro de Francisco de Zurbarán Agnus Dei (1635-1640), donde el cordero de Dios yace tierno y dócil, listo para redimir los pecados de los visitantes en el Bernabéu («He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», Juan 1:29). Zurbarán realizó seis versiones del cordero, variando éstas poco entre sí. En lo que llevamos de curso, el Real Madrid también ha ofrecido diversas tentativas de sacrificio. Al equipo se le funden los plomos en los minutos finales, incrementando el ritmo cardíaco del público. Siendo más explícitos, tres partidos constituyen el paradigma de la inmolación del equipo, la mitad de las versiones del artista, pero que también representan un mismo patrón: Valladolid (1-1), Levante (3-2) y Granada (4-2). Equipos con un tope salarial modesto y programados para batallar la permanencia que, visitando el feudo blanco, no escasean en carisma y tozudez ofensiva. El logotipo centenario (1902-2002) en el exterior del estadio podría cambiarse por la inscripción del Agnus Dei de Zurbarán:

El Bernabéu no puede plegarse a los actos impíos del adversario. La afición exige que Chamartín sea una picadora de carne. Eficaz, automática y funcionarial. Por lo menos, se espera que el metal no chirríe ante los más débiles de Primera División. Si la picadora presenta signos de desgaste, el madridista no admite conmiseración, bajo su concepción el pecado abarca no soportar un rendimiento ciclópeo 24/7. En Liga, nada más que una roca fija, como la de San Pedro en Roma. Para, en torno a ese peñón, edificar una costumbre siéndole fiel durante 38 jornadas.

Don Santiago, manchego, castizo y alfonsista, aprendió el espíritu del club en el colegio de los agustinos de El Escorial. Allí, en su monasterio, en piedra se bordaba desde hace siglos el ímpetu hispánico de ir siempre más allá. El monasterio se creó con este propósito, regodeándose perpetuamente de su monumentalidad. Decía Ortega a este respecto: «Esta arquitectura es todo querer, ansia, ímpetu. Mejor que en parte alguna aprendemos aquí cuál es la sustancia española, cual es el manantial subterráneo de donde ha salido borboteando la historia del pueblo más anormal de Europa». La mano de hierro blanca en Liga tiene (otra vez) tres generaciones históricas: El Madrid de los Yé-yé (1960-1965 y 1966-1969), El Madrid de los García (1974-1980) y La Quinta del Buitre (1986-1990). Son generaciones de un mismo tronco, pulidas en la sobriedad castellana, inmensas en su brío. Por encima de la imposición de un estilo definido, la sobriedad de los que son parcos de ideas. Sigue Ortega: «Somos en la historia un estallido de voluntad ciega, difusa, brutal».

El Madrid de los Yé-yé (1960-1965 y 1966-1969), El Madrid de los García (1974-1980) y La Quinta del Buitre (1986-1990). Son generaciones de un mismo tronco, pulidas en la sobriedad castellana

Aquellos ciclos victoriosos tampoco volverán, pensarán los más pesimistas. Nunca como ahora, sin embargo, se han ensanchado tanto las distancias por el control de las ligas domésticas. El duopolio Manchester City-Liverpool en la Premier League, la indiscutida tiranía del Bayern Múnich en Bundesliga o el PSG qatarí haciendo de la Ligue 1 su banlieu multimillonaria son muestras de uno y lo mismo. Las sorpresas han quedado relegadas para la máxima competición continental. A cada nación, un señor y soberano. Una férrea ley de dominio se ha instalado en las ligas europeas en el transcurso de este siglo, y con ella, los grandes clubes aseguran un botín mínimo antes de saltar a la competición fetiche común a todos.

Felipe II afirmó en una ocasión que «quien posee la isla de Cuba tiene la llave del Nuevo Mundo». Despertemos: el triple festín europeo ha terminado. Todos anhelamos coronar Estambul en mayo. Pero esa es una anexión tan excepcional como lo fue hasta hace no tanto. El madridista demanda que la liga regular sea un asidero, una patria mínima. El presente trae al madridista una vieja intuición: Las Indias más cercanas moran fronteras adentro.

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