La Galerna

Diario de un madridista confinado (día 19)

3 de marzo de 2020

Viernes, ni te cases ni te amargues. Me levanto y está preparando el desayuno J. B. Toshack. Café irlandés, por supuesto, porque sabe que los españoles tenemos tal empanada mental entre Reino Unido, Inglaterra, Gran Bretaña, Logroño, La Rioja y Osasuna, que no nos pararemos a pensar en que Toshack es galés. Ni siquiera nos sorprende que esté en la cocina. A estas alturas, la realidad supera la fricción. El 2020 apunta al siglo XIX en España o a las ligas de Tenerife.

No parece que esté muy equivocado porque, al terminar el desayuno, encuentro a Fernando VII y a Pedrag Spasić jugando al tute en mi habitación. Por ahí sí que no paso. Llamo a Óscar Alfredo Ruggeri que desaloja a todos con presteza.

Aprovecho la visita del argentino para tomar un café con él y charlar. Es una catarata de anécdotas. Me cuenta que en el mundial de Italia 90, en la semifinal contra Brasil, les estaban dando un baño en la primera parte. En el descanso, todos los argentinos temían la reacción de Bilardo, pero había silencio absoluto, el narigón no abría la boca. El árbitro les avisó para que volviesen al terreno de juego y Bilardo soltó como si nada: «Perdón, perdón. Si siguen dándosela a los de amarillo, vamos a perder». Al final ganaron 0 a 1 a un gran Brasil y jugaron su segunda final consecutiva. También me cuenta que cuando jugaba en River iban todos armados, en el neceser llevaban pistolas y se dedicaban a disparar hacia el río en las concentraciones, entonces aparecía el entrenador, Carlos Timoteo Griguol —no está confirmado que le bautizase Chiquito de la Calzada—, y les pedía por favor que se comportasen como si solo estuviesen con los pies sobre la mesa. Apenas han cambiado las cosas desde entonces.

En ese momento, Toshack intenta volver escalando por el canalón del paramento vertical con un gin tonic entre los dientes y un palo de golf detrás de la oreja. El cabezón Ruggeri procede a liquidarlo con un CETME. Se desahoga conmigo, se la tenía guardada al galés desde hizo que saliese del Madrid. A Ruggeri le había fichado Beenhakker y cuando llegó Toshack, le dijo en pretemporada que no contaba con él. El cabezón no se opuso, pero exigió cobrar el contrato íntegro. Como John Benjamin no daba su brazo a torcer, Ruggeri salía a la ciudad deportiva en albornoz y se ponía a tomar el sol mientras el resto de la plantilla entrenaba entre carcajadas. Toshack le preguntaba que si no tenía casa y el otro le respondía que iba a ir todos los días allí a tomar el sol. Así estuvo un mes, hasta que logró su objetivo.

Una vez terminado el café con anécdotas, Ruggeri se marcha, aunque antes deja en casa un cargamento de mascarillas y respiradores que le ha quitado a puñetazos a una banda de turcos que había en la glorieta de Cuatro Caminos.

 

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