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Cuando los mundiales eran en verano: Sudáfrica 2010

Cuando los mundiales eran en verano: Sudáfrica 2010

Escrito por: Antonio Valderrama13 diciembre, 2022
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Todo llega demasiado tarde

 

Este mundial sanguinario, sucio y podrido que se está jugando en la antigua costa de los piratas del Golfo Pérsico está llegando a su fin. Por fin. Ahora que han vuelto a eliminar a España de mala manera, como antes, a mí me toca llegar, en mi paseo nostálgico por este extraño bulevar de los melancólicos (no por casualidad viví un año muy cerca del que hay cerca del Manzanares) al que debió ser sin duda el punto culminante de mi afición por la selección de fútbol de mi país. Al clímax del patriotismo balompédico nacional, al momento que todo el mundo estuvo esperando toda la vida: al día en que España se proclamó campeona del mundo.

España campeona del mundo

Pasa con muchas cosas en la vida, sin embargo, que uno las espera durante tanto tiempo que convierte la expectación en una solución habitacional que aniquila por completo el deseo. Y sin deseo no se puede vivir. Con el Madrid no pasa porque con el Madrid convive uno, es un amor de largo aliento que te acompaña cada semana, todos los días. Aunque haya rachas en que uno se implique más y otras, en cambio (como con todo), en que uno se aleje, al menos queda la cita semanal, como mínimo. El partido, que como la santa misa, te congrega en torno al altar del televisor (los que no podemos ir al estadio), de la radio, del ordenador, de la tablet, hasta del móvil, de lo que sea que sirva para seguir la liturgia del querer, del recordar y del proyectar, que es el combate del fútbol.

Con la Selección la cosa se enfría demasiado rápido y como España es una nación tan vieja, el fervorcillo sanguíneo, patriótico, que tienen países jóvenes como el de los italianos, el de los croatas, incluso el de los franceses, el de los brasileños, argentinos o marroquíes, ahora de moda, no existe. O si existe, es muy reducido, casi marginal. Eso es una ventaja (estamos, por lo general, muy lejos de los peligros del patrioterismo efervescente que envuelve voluntades nefandas) pero por otro lado produce situaciones extrañas, estrambóticas. Desnaturaliza la comunidad nacional hasta el límite de hacerla absurdamente frágil y expuesta a la centrifugación, como estamos viendo. Empero, al final lleva a un equilibrio (del que goza España, por ser tan vieja, y pocas naciones más) social en el que la debilidad, curiosamente, impide la ruptura, quizá por dilatación.

Pasa con muchas cosas en la vida, que uno las espera durante tanto tiempo que convierte la expectación en una solución habitacional que aniquila por completo el deseo. Y sin deseo no se puede vivir

Pero hablaba de la selección nacional. Uno se hace mayor y pierde el contacto. A medida que crece, la Selección, en lugar de aparecer fulgurantemente en los meses de junio para traer sana alegría y jubilosa esperanza, es decir, en lugar de emerger de la bruma triste del final de la temporada de clubes y al final del colegio y del principio del verano (esa larga travesía dorada por el mar de los Sargazos, en la que los días pierden su contorno, se diluyen las fronteras del espacio-tiempo, no llevábamos reloj y el calendario era una vaga referencia colgada de la puerta de la nevera); en lugar de todo eso, digo, la Selección, con la edad, se va convirtiendo en algo pesado, en una carga. Empieza a interrumpir el flujo ordinario de la vida, a interponerse. Empieza a no ser ya del patrimonio inefable de la memoria y de la infancia, de la hacienda de las emociones, tan íntima a pesar de ser tan fácilmente maleable. Empieza a ser patrimonio exclusivo de la casta opinadora, de los periodistas deportivos, que con su zafiedad todo lo llenan de lamparones. En una palabra: la Selección, a una edad, empieza a estorbar.

Vicente del Bosque Sudáfrica 2010

En 2010 yo cursaba segundo de periodismo, hacía tres años que vivía la holganza atrabiliaria del universitario. Era un vitelloni, como Alberto Sordi en la fantástica película de Fellini. Un inútil que se creía que iba a ser importante, pecado no obstante común a casi todos los estudiantes de periodismo. También era un fanático, pertenecía a lo que Relaño bautizó como la Yihad. Mourinhista, naturalmente. Ese verano, justo antes del Mundial, el Madrid lo había fichado. Yo vivía como un apóstol viendo entrar a Jesús a lomos de una burra en Jerusalén. Pero no quería paz, quería venganza.

La Selección, a una edad, empieza a estorbar

La temporada que acababa de finalizar un poco antes de que la mejor selección española de fútbol de la historia se montara en un avión con destino al viejo cabo de las Tormentas de los portugueses, al culo de África, me dejó un sabor amargo. Viví con mucha intensidad el regreso de Florentino, su advenimiento como un rey mago, con tres camellos y Kaká, CR7 y Benzema en cada alforja. La realidad y Pellegrini me devolvieron al duro suelo con el que se tiene que estrellar de vez en cuando el madridista de provincias que vive rodeado de adversarios que se mofan, que disfrutan con la caída del gigante. En aquel momento de éxtasis guardiolista, el Madrid era, en realidad, una caricatura de la España a batir por todos sus enemigos. Lo habían convertido en un recipiente de todas las maldades, en el capitán general de todos los ejércitos de la leyenda negra. Y tenía que pagar. Estaba pagando. España quería su demolición. Sólo un hombre podía evitarla.

Florentino Cristiano presentación Di Stéfano Eusebio

El recuerdo tan cercano de la Eurocopa de 2008 se agrió poco a poco, sin que me diera cuenta. Jamás disfruté tanto de una selección española como de aquel equipo flamígero, orgulloso y pionero de Luis Aragonés. En dos años, y aunque ahora el entrenador era un mito viviente del madridismo (el hombre detrás del Madrid de Zidane de mi última infancia, el señor grave con bigote que siempre estará en la habitación de París y de Glasgow del palacio con telarañas de mi memoria), algo había cambiado. El éxito nacional del “equipo de todos” servía ya, viento en popa, a una causa excluyente. Pasó lo que pasa siempre en España, que lo prístino, lo genuinamente puro y bueno, se transforma rápidamente en un vehículo, en una herramienta del odio. Por primera vez en la historia del fútbol español, el Madrid no era el mascarón de proa del orgullo patriótico, aquello que como dijo Valdano una vez (todo antes lo ha dicho ya, y mejor, Valdano) era lo único que hinchaba el pecho del españolito de infantería. Por primera vez, España, la otra España, la triste antiespaña de los antimadridistas, podía emanciparse del Real, que quedaba definitivamente apartado de la raíz nacional: que la Selección ganase permitía señalar todo lo que de extranjero tenía el espíritu cosmopolita y universal de todos los que habían engrandecido al Madrid a lo largo de cien años. Y también, por supuesto, permitía convertirla en el símbolo de los parias que durante esos cien años tuvieron casi siempre que agachar la cabeza para no quedar ciegos por el fulgor de su corona.

Ahora creía que era posible, más que nada porque España tenía el mejor equipo de todos, con los mejores jugadores, con el mejor sistema de juego. No sólo eso, tenía el momentum, tenía la alegría, tenía el destino a su favor

De esto he hablado ya muchas veces aquí, así que no voy a extenderme. Por aquel entonces yo todavía tifaba con pasión por España. Era capaz de hacer un ejercicio de abstracción, de no ver a Xavi como un instrumento luciferino cuyo afán era prender fuego al edificio madridista y borrarlo de la faz de la historia. Era demasiado joven y quería, de verdad, ver realizado aquello que tantas veces, durante mi infancia, escuché que no podía ser. “España no va a ganar un Mundial nunca, jamás en la vida”. Ahora creía que era posible, más que nada porque España tenía el mejor equipo de todos, con los mejores jugadores, con el mejor sistema de juego. No sólo eso, tenía el momentum, tenía la alegría, tenía el destino a su favor.

Xabi Alonso Puyol Villa España Sudáfrica 2010

Sin embargo, no era igual. El furor veinteañero no era la pureza mística del adolescente, y desde luego yo me veía embebido de una lucha superior, trascendental, con el Madrid, por la propia supervivencia de su genio divino, me creía dentro de una batalla apostólica entre el Bien y el Mal, que no podía querer a dos mujeres a la vez, como canta El Cigala. Aquel equipazo que dirigía Del Bosque y al que con sabiduría había añadido a los mejores canteranos del Barcelona de Guardiola al equipo campeón en Viena dos años antes me llegó demasiado tarde.

Aquel equipazo que dirigía Del Bosque y al que con sabiduría había añadido a los mejores canteranos del Barcelona de Guardiola al equipo campeón en Viena dos años antes me llegó demasiado tarde

Todo el mundo recuerda la final. Qué estaba haciendo. Dónde la vio. Con quién. Yo la vi en mi casa, tumbado en el sofá. No podía moverme. No exagero. Desde la noche antes, algo no funcionaba bien dentro de mí. Al principio creí que podría ser un cólico, una gastroenteritis. Era otra cosa, algo diferente, que no he vuelto a sentir en la vida. No eran exactamente nervios. No podía caminar, pero ni vomitaba ni veía doble. Sencillamente, mi cuerpo se negaba a responderme. No sentí hambre, tampoco frío, ni calor, ni sed. No bebí absolutamente nada. Por la mañana, el día del partido, logré arrastrarme hasta la cocina. Mi padre había comprado el periódico, el ABC. Venía con una camisa maravillosa, rojigualda. No había nada escrito en ella, sólo la bandera. Sentí cómo se me iba la cabeza. Lamento no haber guardado aquel periódico. Tuve que acostarme. Pasé la tarde, hasta la hora de la verdad, en una siniestra duermevela.

Todo el mundo recuerda la final, con quién la festejó, a quien besó o abrazó, a quién llamó por teléfono. Yo sentí algo muy extraño que sólo hoy, ahora, más de una década después, al pensar en ello, logro identificar: algo se estaba muriendo dentro de mí. Cuando marcó Iniesta, al final de la prórroga, logré incorporarme. Es extraño porque en todos los partidos anteriores no me había pasado nada. Algunos los vi en Sevilla, con mis amigos de la facultad, sobre todo la primera fase, pues estábamos de exámenes. Otros, las eliminatorias, los vi en Chipiona, en el pueblo, con los amigos de allá, algunos, como el de Alemania, un partido verdaderamente soberbio, el mejor de todo el torneo, digno de aparecer en todos los manuales de historia de los mundiales, en los manuales de historia del fútbol. El de Paraguay lo vi en familia, un auténtico petardazo en el que todos fallaron menos Casillas, que entonces sí, sólo por aquel año, fue el mejor portero del mundo, jugó elevado por unos querubines de retablo barroco, sostenido en el aire, señalado por una potencia dorada que venía directamente de arriba, del cielo infinito.

Casillas Sudáfrica 2010

Tras el de Alemania me emborraché, como toda España. Pero tras la final, no. Ahora creo que entraba, con el pitido inicial, en una fase de duelo. Allí se terminó para siempre mi españolidad balompédica, aunque siguiera la siguiente Eurocopa, y me alegrara de la victoria. Mi alma ya no pertenecía a aquel templo del que se habían apropiado los mercaderes. Hoy recuerdo el mejor momento de aquel campeonato para mí. Fue el Chile-España que la Selección ganó sufriendo, al límite. El principio no lo pude seguir, estaba en un examen. Acabé en un suspiro y me monté en el C2, la línea de autobuses que conecta La Cartuja con el centro de Sevilla. Había quedado en un bar, en una zona de mucha movida. Iba solo, escuchando la radio. Chile apretaba, España era un boxeador en el rincón. Entonces marcó Villa. Agité el puño y un señor, al otro lado del pasillo, me miró, sonrió y me alargó el brazo. Era un señor mayor, de la edad de mi abuelo. Llevaba su transistor en el bolsillo de la camisa de manga corta. Me apretó la mano. Aquel Mundial colmó un deseo que ya estaba flácido, paradójicamente fue la victoria de los que detestan España y quieren hacer de ella otra cosa distinta, otra cosa ruin e irreconocible en la que sólo cabe la fealdad y la indecencia. Pero nadie podrá quitarme imágenes como esa.

 

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