La Galerna

Carvajal: elogio del Sísifo de Leganés

El último día antes de que el mundo se cerrara y tiraran la llave al río, el Madrid, con los jirones ensangrentados del Barcelona todavía entre las manos, estrenó liderato en Sevilla. En el lateral derecho estaba Eder Militao, al que se había fichado con la condición de polivalente. De versátil. Ese día, frente al Betis, el Madrid hizo un ridículo espantoso, desangrándose sobre todo por el carril derecho, un boquete como el del Titanic tras rozarse con el iceberg. No estaba, evidentemente, Carvajal, el dueño de ese lado desde el verano de 2013, cuando regresó de Alemania hecha la mili y dispuesto a cumplir la promesa que encarnó el día en que la Historia lo fotografió junto a Di Stéfano, niño rubio y regordete, poniendo la primera piedra de la nueva ciudad deportiva del Madrid. La promesa de ser cimiento del futuro.

Hay jugadores que con su sola presencia en una parcela del campo la estrechan o la amplían. Es un fenómeno curioso, pero evidente. Aquella noche en el Villamarín Militao, que es un bigardo, parecía pegado con velcro a la raya blanca de cal de la banda derecha. El Madrid no tuvo ninguna salida por ahí. Sus comienzos de jugada topaban con el embudo color café del central desplazado al lateral derecho, apenas un poste capaz de devolver con cierta gracia, siempre hacia atrás, los balones que sus compañeros le pasaban. Por el contrario, cuando el Betis atacaba, la banda de Militao se abría como el Mar Rojo ante el cayado de Moisés.

En cambio Carvajal suele ser lo contrario. Se recurre a la clásica analogía con el «pulmón» pero es verdad: cuando el Madrid alinea a su defensa de gala encuentra por su carril una vía ancha de doble sentido por la que suele desparramarse el juego siempre que la izquierda, donde la tradición siempre sitúa el maná creativo, lo tropical, recibe el portazo táctico de los rivales. El mejor Madrid de Zidane, y este es un hecho empírico, siempre es con Carvajal en el campo.

El mejor Madrid de Zidane, y este es un hecho empírico, siempre es con Carvajal en el campo

El gran partido que cuajó contra el Atlético el pasado sábado alegra por ser sobre todo una especie de desquite. Una cierta reivindicación. A Carvajal se le tuvo manía desde el principio, en algún sector de la afición, sin razones aparentes. Como efecto secundario del «mourinhismo», se le empezó a coger tirria a todo chaval español, canterano o no, al que la prensa deportiva le hiciese ojitos. Y Carvajal venía envuelto en una golosa expectativa, ítem más considerando la escasez histórica que padecía el Madrid en el lateral derecho. Si desde Roberto Carlos la banda izquierda había sido la niña bonita del madridismo, en el césped, en el banquillo y en la tribuna, el costado opuesto parecía un páramo, un sitio oscuro y poco agradable ocupado por inquilinos de alquiler, gente de circunstancias: desde Salgado, desfilaron Cicinho, Ramos, Arbeloa, Essien y hasta Coentrao, a pierna cambiada. A Carvajal, un chico prometedor del último gran Castilla, lo esperaban la banda diestra con deseo mesiánico. Eso casi nunca augura nada bueno en el bulevar de las ilusiones perdidas que es el Real Madrid.

La cosa es que, siete años después, Carvajal es el indiscutible lateral derecho del Madrid. Incluso Marcelo ha encontrado, en ese tiempo en Coentrao y en Mendy, una contestación rotunda a su titularidad. No así Carvajal, al que sólo Danilo y por accidente, Lucas Vázquez, han conseguido suplir con acierto. Pero sólo como remiendos. Carvajal ha elevado el estatus de esa posición, en la cultura pop madridista, al del lateral zurdo. Desde una perspectiva histórica ya mira a la cara a Dani Alves, el mejor lateral derecho de todos los tiempos, por más que Cafú aparezca siempre por ahí, en los ránkings, supongo que por su sonrisa, que viste mucho. Desde luego ambos, Alves y Carvajal, están muy por encima de Lahm, un jugador extraordinario pero sobrevalorado por la mirada panorámica, que siempre le da un peso mayor al que está lejos y se ve poco. ¡Si aún se considera a Maldini un jugador del mismo estatus universal que Roberto Carlos o Marcelo! Prácticamente todo lo mejor que ha dado este juego en el siglo en curso procede de España, por no decir de Madrid y Barcelona. Cuando se evalúa el talento, es imprescindible juzgar su continuidad en el tiempo y su influencia en los torneos que jalonarán la memoria colectiva de los aficionados en todo el mundo. Desde luego, nadie que no se vista de tirolés en octubre recordará el millón de bundesligas ganadas por Lahm en el Bayern, sobre todo al compararlo con el recuerdo del equipo que ganó tres veces seguidas, por las mismas fechas, la Copa de Europa.

Carvajal debe ser considerado ya como el mejor lateral derecho que ha vestido la blanca

Sin embargo, como Sísifo, Carvajal tiene que empujar constantemente la piedra de la sospecha ladera arriba. Lo que antes era un cierto, digamos, plácet, entre el respetable, para un futbolista, hoy es en ocasiones hasta un sambenito. El paso de Mourinho por el Madrid dejó en club y afición muchas cosas buenas y también algunas malas. Entre las malas, de las peores es la identificación de un fenotipo particular de futbolista con el quintacolumnismo. A consecuencia de las jerarquías degeneradas y de algunos hábitos malsanos (encarnados principalmente por Raúl y Casillas), perpetuados cual sistema de castas en el vestuario del Madrid contemporáneo, el español y canterano, seleccionable y «de la casa» se convirtió en el ideal opuesto a la «meritocracia». Carvajal reunía todos los requisitos para concentrar ese ánimo inquisitorial que se había instalado en la «vanguardia» de la afición tras la catarsis mourinhista. Reclamado por las portadas de los periódicos que durante años habían intentado urdir la trama del relato madridista, de inmediato se le puso bajo la lupa, pues además venía a reemplazar a Arbeloa, uno de los emblemas del nuevo estado de cosas.

Su primera temporada como madridista, si sólo hubiera tenido esa, valdría para catalogarlo como uno de los mejores futbolistas que han ocupado el carril derecho en la Liga española. Pero atendiendo rigurosamente a los partidos que han supuesto hitos en la trayectoria de Zidane como entrenador del Madrid, a esos partidos que han definido la naturaleza de un equipo fuera del tiempo, Carvajal debe ser considerado ya como el mejor lateral derecho que ha vestido la blanca. En el once histórico de la entidad, debe salir él. Las dos finales que tuvo que abandonar a la mitad, lesionado, lo envuelven no obstante con un manto trágico, como de jugador maldito que, por ejemplo, tampoco ha podido brillar con España, sea por esas mismas lesiones o porque han desaprovechado su talento con decisiones absurdas, como la de Del Bosque en 2014 de no convocarlo para el Mundial de Brasil.

Más que Sísifo, Carvajal es en realidad Teseo resolviendo el laberinto del ala derecha de un equipo que llevaba cojo todo el siglo XXI. Va para diez años de profundidad de campo, de rostro innegociable en el equipo-modelo del Madrid. No sólo emboca ya el camino de los jugadores de club a los que el tiempo barniza con la pátina identificable de «los valores» de una casa, sino que es un jerarca por derecho propio: siempre discutido, siempre decisivo, su rendimiento, sujeto a la irregularidad de su físico explosivo, renueva su vigor cuando parece definitivamente acabado. Es tan genuinamente madridista que en la cueva siempre se encuentra con el mismo minotauro de siempre, que es el de la insatisfacción exasperante del alma blanca. Renovando el arquetipo del lateral «llegador», Carvajal hace tridimensional el juego interior del Madrid con su virtud para el primer toque, la pared y el apoyo permanente; habilita por su lado un corredor por el que suelen transitar Modric, Kroos y quien ocupe el ala derecha del ataque y, en los días difíciles, ejerce de fuelle que insufla vida al equipo: más allá de Cardiff, es asombroso comprobar el número de partidos que el Madrid de Zidane ha sacado adelante con Carvajal llegando hasta la línea de fondo («percutiendo», que diría Carlos Martínez) y poniendo la bola en el cogollo del área. Puntal de la agresividad colectiva y de esa sensación de marea sobre el área contraria que ha sido siempre el Madrid clásico, Carvajal representa también ese pundonor camachista de los setenta y ochenta, fusionado con la capacidad atlética y la técnica del futbolista moderno. Que el Madrid haya sido capaz de cultivar en su piscifactoría de Valdebebas una perla moderna y clásica a la vez debiera ser motivo de orgullo institucional, pues mercantilmente hablando, todo generado para el Madrid por Carvajal es beneficio neto. Para aquilatarlo en su justa medida basta con echar un vistazo a lo que se paga en la élite hoy por quienes juega en su puesto: 45 millones, Achraf, 24 millones, Trippier, 57 millones, Walker. La realidad habla por sí sola, y es tozuda.

 

Fotografías: Getty Images.

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