La Galerna

Blanca Navidad

Yo tuve dos abuelos. Curiosamente habían nacido el mismo día del año y, como costumbre arraigada, que lo era en aquella época, recibieron en la pila bautismal la gracia de los santos del día: Cosme y Damián.

Muchas cosas los unían: la política, el mus, las películas del oeste y, sin duda alguna, su debilidad por mí. Pero había una cuestión en la que eran irreconciliables, beligerancia pura y dura: el fútbol.

Mi abuelo Cosme era madridista, merengue hasta la médula. Mi abuelo Damián era del  Athletic de Bilbao: la Catedral, la cuna que había arrullado  su fe rojiblanca.

Durante muchos años se empeñaron en arrimar el ascua a su sardina, y yo era la sardina. Recibía en mis cumpleaños y por Reyes una larga lista de regalos de ambas facciones. Recuerdo que con seis o siete me obsequiaron con la equipación completa de los dos equipos de sus amores.

Los domingos que comíamos en casa de mi abuelo Cosme, mi madre me vestía de blanco; los  que comíamos en casa de mi abuelo Damián, de rojiblanco. Los días que compartía mesa con los dos, mi madre optaba por una decisión salomónica: camiseta del Madrid combinada con pantalón y medias negras o viceversa, la del Athletic con pantalón y medias blancas. Los dos quedaban así medianamente contentos.

Continuaron en un proselitismo, en una guerra sin cuartel, que finalizó cuando con diez años decidí, como quien abraza una fe por puro esnobismo, hacerme del Real Club Deportivo Español. El disgusto les duró lo justo y pronto descubrieron en mí unas dotes innatas para desenvolverme con soltura  en las discusiones balompédicas que hasta entonces habían sido solo cosa de dos.

El teléfono sonó, era mi madre.

—Es tu abuelo Cosme, creemos que es un infarto, se lo han llevado al hospital. Vente.

Era domingo, Domingo de Resurrección. Metí lo imprescindible en una mochila y, sin esperar al ascensor, bajé los cinco pisos por mi propio pie. Abrí la puerta del coche, dejé la mochila sobre el asiento del copiloto, me ajusté el cinturón, encendí la radio y arranqué el coche. Eran las cuatro y cuarto.

El partido duró exactamente lo que duró el trayecto. La barra del  aparcamiento del hospital se elevó en el preciso instante en el que Benzema marcaba el tercero.

Como si estuviera viviendo un sueño, vi al fondo del pasillo a mis padres y tíos. Entré en la habitación y solo me quedó cogerle de la mano y despedirme de él.

—Abuelo, -le susurré- habéis ganado 3-0 al Athletic en el Bernabéu. Hat-trick de Benzema. ¡Hala, Madrid!

Abuelo... te quiero.

Nevaba animadamente. La gente, presurosa, ultimaba las compras para la cena de Nochebuena. Las luces de Navidad se reflejaban en la luna delantera del coche, multiplicando su vistosidad al refractar en las gotas de agua  desprendidas de la nieve que resbalaban arrastrando los destellos luminosos.

Aparqué el coche cerca del portal de casa de mis padres. Llamé. Abrieron.

—Hija, pero, ¿no venías a comer?

—Si, mamá, pero ya sabes... un imprevisto de última hora. Y, ¿papá?

—Bien, ya sabes, hoy un poco tristón, está montando el Belén.

Me acerqué al salón en silencio y vi a mi padre ultimando su instalación, me quedé un rato observándolo. Nunca participó de nuestras discusiones futbolísticas. Él era diferente, sosegado, ecuánime...

—Hija, no te he oído llegar.

Nos abrazamos.

—Solo queda encender las luces...

—Espera un momento —le pedí.

Me dirigí a mi antigua habitación. Abrí la puerta del armario y del altillo saqué la caja. Sobre su tapa lucían los dos escudos, la abrí. Allí encontré, entre otros recuerdos, dos figuritas articuladas de Raúl y Zidane vestidos de corto, que mi abuelo Cosme me había regalado justo antes de poner en su conocimiento que me haría perica.

Los saqué con cuidado de su caja y, tal y como los Reyes llevaran el oro, el incienso y la mirra, los ofrendé yo al Portal de Belén.

Mi padre iba a encender las lucecitas de colores, cuando sonó el timbre. Mi madre abrió la puerta. Era mi abuelo Damián. Entró en el salón, saludo a su yerno y me abrazó, dirigiéndose a mí como si aún fuese su nieta de seis años.

Se acercó al Belén. Pude observar su cara de sorpresa al ver a Raul y a Zidane escoltando al buey y a la mula. Luego me miró. Yo esperé una recriminación, pero no fue así, se acercó a mí, me abrazó de nuevo y me dijo al oído:

—Espero que tardes mucho tiempo en colocar en el Portal el cromo de Zarra que te regalé.

En ese momento, sin que mi padre supiese por qué, solo las luces blancas del Belén se iluminaron.

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