La Galerna

4-1: Y la pegada se hizo carne

Si la prensa deportiva necesitase que las cosas que dice fuesen verdad, el partido que jugó el Madrid frente al Sevilla le habría venido muy bien para sacar a colación la célebre pegada. Sucede que ni la prensa ni las almas amantes del tópico necesitan que sus asertos respondan con rigor a la realidad, por lo que lo habrían dicho aunque no fuera cierto. A mí me da que al madridista medio, aunque lo de la pegada se diga de modo despectivo, no le disgusta que de vez en cuando se cumpla. El Madrid facturó setenta minutos de partido alarmantemente suave, durante los cuales el Sevilla se le subió a las barbas y puso el corazón al máximo entre la hinchada. Para cuando Jovetic recortó distancias para el 2-1, el mismo jugador había lanzado dos espléndidos balones al palo (uno en trallazo atronador, otro en sutil vaselina) y había puesto a prueba el uno contra uno de Keylor. (Jovetic. ¿Fichar?) El hecho es que la pegada resolvió la papeleta. La pegada y Modric emergiendo del banquillo para poner orden cuando faltaban veinte minutos para el final.

A quien habría que fichar a toda costa si no lo tuviéramos es a Nacho, que tuvo la viveza de enchufar una falta, más rápido que nadie, antes de que el Sevilla confeccionase su barrera, abriendo de este modo el marcador. Eso fue en el tramo inicial, pero en el final se permitió escapar por la banda, en gran combinación con Asensio para poner el 4-1 a Kroos. Nacho se ha convertido en el comodín perfecto para la defensa del Madrid y, por extensión, de la Selección Española también. Fue posiblemente el mejor del choque con Jovetic, el propio Asensio (inquietante siempre, tanto cuando se la juega en el lance individual como cuando se asocia) y la pegada encarnada en Crist(ian)o. La pegada se hizo carne y habitó entre nosotros para que se agiten trémulos los espíritus poseídos por el antimadridismo más sarnoso, que ven al objeto de sus fobias a cuatro puntos de un deseadísimo título de Liga.

Cristiano, sí, anotó el 2-0 y el 3-1, ambos goles de la tranquilidad, aunque los nefastos setenta primeros minutos del medio campo vikingo provocasen que solo el segundo de ellos trajese la verdadera paz. El 2-0 lo resolvió apuntalando a placer un remate de James, que antes se había revuelto en el área con la clase que le caracteriza y que el Madrid echará de menos (o no, porque nunca en la Historia ha tenido el Madrid, aunque ahora mismo lo parezca, a todos los más grandiosos jugadores del mundo). James se tomó su tiempo para ser sustituido, se giró ciento ochenta grados -mirando a la concurrencia en lo que pareció una panorámica de nostalgia precipitada-, aplaudió y se fue andando. Hay quien se ha despedido hasta para cruzar la laguna Estigia y ha retornado jubiloso y rezumante, de modo que quienes admiramos esa zurda superdotada esperamos que yerre en descontar su adiós.

El 3-1 de Cristiano merece historia aparte. Andaba el Madrid en la peor versión de su mala versión para la ocasión cuando Asensio (otra vez Asensio) combinó con Kroos para que este se internase y cediera al portugués. Lo que sucedió ahí no fue cualquier cosa. Cristiano armó su zurda con la malicia del artillero y la precisión del arquitecto. La bola tomó un efecto pornográfico pese al visto y no visto. En esta escena lúbrica se selló la verdadera paz, una paz post-coitum. Hay quien juguetea con la muerte para alcanzar el paroxismo y sobre ese alambre ha caminado el Madrid en muchos partidos este año. Todo saldrá bien si todo sale bien, y en último término gozaremos como solo esos artistas de la depravación saben hacerlo.

El Madrid tiene por delante la necesidad de hacerse con cuatro puntos (de seis posibles) para conquistar la Liga. Jugará primero contra un equipo caracterizado por un antimadridismo feroz, de nueva cuña y municipal. Después contra otro al que una brutal campaña está intentando inocular un antimadridismo on the spot pasado por las Islas. Pese al mal control del juego durante la mayoría de este último encuentro de la temporada en el Bernabéu, se ve al equipo fuerte para aguantar ambos desafíos.

 

 

 

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