Zamora: el primer galáctico

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Cuando en el verano del año 2000 Florentino Pérez ganó las elecciones a la presidencia del Madrid y presentó, cumpliendo su promesa, a la estrella del Barcelona, Figo, muchos recordaron a Santiago Bernabéu. La campaña de fichajes de impacto global que el presidente inició entonces, culminada los veranos posteriores con las llegadas de Zidane, Ronaldo, Beckham y Owen, recordó los fichajes de Kopa, Puskas o Didí que a finales de los 50 apuntalaron al equipo que deslumbraba en la Copa de Europa. Sin embargo la política de fichajes de altura con la que Florentino parecía conectar con el pasado mítico del madridismo tiene otro precedente veinte años anterior, del mismo modo que la construcción ambiciosa de un club de proyección internacional por parte de Bernabéu también estaba ligada a una manera concreta de hacer las cosas que comenzó en el Madrid diez años antes del estallido de la Guerra Civil.

En efecto, el primer galáctico madridista fue Ricardo Zamora, quien en 1930 firmaría un contrato espectacular con el Real, que pagó por su traspaso al Español de Barcelona la increíble cantidad para la época de 150 mil pesetas. Además, el Madrid le fijó a Zamora una ficha mensual de 3 mil pesetas, una cifra inaudita que reventaba lo previsto entonces en el reglamento federativo de los jugadores profesionales. En la prensa catalana aparecieron viñetas no muy diferentes a las que hoy, de manera general, demonizan a quienes cambian de equipo aumentando su salario: lo de tachar de mercenario a los profesionales del fútbol no es nuevo; se pudo ver en Mundo Deportivo a Zamora caricaturizado con dos alas al estilo de los anuncios actuales de RedBull, abandonando Barcelona rumbo a Madrid con un maletín rebosando de billetes en una mano.

Para entender el pasmo que esta transacción provocó en la España de 1930 es preciso comprender las circunstancias que atravesaba el fútbol español. La Liga acababa de nacer tan sólo un año antes y el profesionalismo se estaba apenas asentando tanto en la psique colectiva como en la manera de trabajar de los clubes y en su relación contractual con los jugadores. Zamora, en esa fecha, ya era un mito. En 1923, todavía en la época amateur -a pesar de lo que se dio en conocer como “profesionalismo marrón”, jugadores que cobraban por jugar en concepto de dietas lo que en la práctica era casi un sueldo- Zamora llegó a facturar mil pesetas por partido y el Español lo alquilaba a otros equipos por a su inmenso poder de atracción (jugó dos amistosos con el Madrid, por ejemplo); los dueños del Español, los adinerados filántropos hermanos De la Riba, incluso le regalaron un descapotable con el que presumía junto a Samitier por las calles de Barcelona, al estilo de los toreros.

Los futbolistas, dice el profesor Bahamonde, empezaban a ser ídolos desde 1926, año de la profesionalización formal. “El público se interesó por aspectos de la vida privada de los futbolistas más populares”, cosa que no nació, como se ve, ni con Beckham ni con Cristiano Ronaldo. Zamora era “valorado como el hombre que había alcanzado el éxito y la consideración pública a base del esfuerzo y del coraje”, por lo que su venida al Madrid constituyó un fenómeno editorial e informativo que anunciaba lo que ochenta años después ocurriría con las adquisiciones florentinistas.

En la construcción de su mito fue determinante su participación como portero de la primera selección nacional de la Historia, la que obtuvo la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920. Zamora, además, había protagonizado alguna de las polémicas más espectaculares del joven fútbol nacional: dejó el Español para jugar con el archirrival de la ciudad, el Barcelona, para luego volver a Sarriá y ser suspendido por la Federación Catalana tras haberse inscrito en la competición regional con los dos equipos. En 1930 Zamora ya era campeón de Copa tres veces: dos con el Barça y una con el Español, en 1929, quizá la más significativa desde el punto de vista madridista. En Valencia, en la Final del Agua, Zamora, ya bautizado como El Divino, frenó con sus paradas al pujante nuevo equipo madridista en un campo completamente embarrado. Hacía doce años que el Madrid no ganaba un título. De inmediato se convirtió en el objeto de deseo del Real.

se pudo ver en Mundo Deportivo a Zamora caricaturizado con dos alas al estilo de los anuncios actuales de RedBull, abandonando Barcelona rumbo a Madrid con un maletín rebosando de billetes en una mano.

En un tiempo en el que estaba permitido cargar sobre el portero dentro del área pequeña, Zamora patentó un despeje con el codo que lo hizo célebre: la zamorana. Destacaba por su completísimo conocimiento del juego, por su altura, un metro ochenta, y sobre todo, por su carisma. Su peculiar forma de vestir, siempre con la gorra, las medias, las rodilleras y el jersey de cuello alto, y su carácter, nimbado con un divismo muy llamativo para la época (como Cristiano Ronaldo, saltaba el último al campo, haciendo notar siempre su presencia, a menudo llevando en brazos su mascota, un muñeco vestido a su imagen y semejanza al que consideraba su talismán) lo convirtieron en el primer y genuino ídolo de masas del fútbol nacional al punto de medirse en fama nada menos que con Juan Belmonte. El Español, de hecho, pudo hacerse medio Sarriá con la recaudación de las giras que entre 1924 y 1929 realizó por Europa y Sudamérica con Zamora como reclamo. En Montevideo el Español de Zamora jugó contra el Nacional y el Peñarol. Tal era la magnitud de Zamora incluso en el extranjero que al partido contra Peñarol, jugado curiosamente un 18 de julio, fue hasta Carlos Gardel; el único gol que el Divino recibió en Uruguay se lo metió ese día Piendibene, al que, dicen, le regalaron un chalet a las afueras de Montevideo por dicha hazaña.

Era, sin ningún género de dudas, un “jugador mediático”, como se conocería a Beckham en 2004.

Informaba La Vanguardia, en agosto de 1930, que el Español había “rebajado bastante las condiciones económicas que pedía” al Madrid por su Zamora aunque en concepto de traspaso (en donde se incluían varios partidos que el Madrid debía jugar contra el Español en Barcelona) “no iba a percibir en conjunto una cifra inferior a 125 mil pesetas”. La noticia “ha causado gran sensación” decía la nota recogida por el periódico. Días después, en el mismo diario, se recogían las impresiones del secretario de la Federación Centro (hoy Federación Madrileña), que calificaba el traspaso como “la fichería más excepcional, de más ruido, de más importancia” debido a que Zamora “es el jugador más excepcional de España: el único que en su puesto nadie discute. ¿Conviene al Madrid? Que sea o no negocio para el Real Madrid, eso es cosa que sólo el tiempo puede decir. Pero el beneficio directo, inmediato, es para la organización regional y para los demás equipos que jueguen contra el Real Madrid. Eso sí que es innegable”.

Era, sin ningún género de dudas, un “jugador mediático”, como se conocería a Beckham en 2004.

“La respuesta inmediata” del madridismo, dice el profesor Bahamonde en su ensayo histórico sobre el club, “fue la inscripción de mil nuevos socios y el reacomodo del campo de Chamartín para acoger un mayor número de espectadores”. Fue la primera apuesta de Hernández Coronado como secretario general del Madrid, una decidida inversión estratégica que pretendía consolidar la división especializada que él mismo estaba imponiendo en la estructura del club: administrativa, económica y deportiva, parcelas coordinadas entre sí pero autónomas, a través de las cuales se gestionaría el Madrid como una empresa en previsión del inminente auge del fútbol como fenómeno de masas. “En esta política de fichajes el Madrid rompió el mercado y no le importó asumir el elevado coste de sus apuestas. Hernández Coronado partió de un principio arriesgado, pero que funcionó en la práctica porque los resultados finales acompañaron en lo deportivo y, por ende, las hipótesis económicas pudieron cumplirse”. El Madrid, que había estrenado Chamartín en 1924, llevaba desde entonces aumentando de manera sostenida tanto el número de socios como el de los espectadores que acudían a ver sus partidos oficiales y amistosos, lo que le permitió acceder a un préstamo bancario “en buenas condiciones” según Bahamonde (merced a la influencia de Luis de Urquijo entre 1926 y 1930). Estaban puestos los pilares de la expansión.

Con Zamora se abrió la primera edad de oro del Madrid a nivel deportivo, sin duda la fase más resplandeciente en los primeros 50 años del club hasta la llegada de Alfredo Di Stéfano. Entre 1930 y 1936 el Madrid ganó dos Ligas, las primeras de un número que ya marcha por 33, y dos Copas, título que no alzaba desde 1917. Pero con Zamora arribó la primera tanda de galácticos: Samitier, el icono barcelonista y amigo íntimo del portero, hizo en 1932 el mismo viaje que Figo en el 2000; en 1931 ficharon Ciriaco, Quincoces, Luis Regueiro, Olivares e Hilario, los niños bonitos de la pujante cantera vasca. El montante superó las 120 mil pesetas, el 10% del presupuesto del Madrid aquel año, una cifra amortizada gracias al interés que generaban los fichajes y los éxitos del equipo durante los años republicanos: entre 1933 y 1935 llegaron Emilín, Lecue, Sañudo y el otro Regueiro, Pedro: casi todos conformarían, durante la guerra, el fabuloso equipo vasco del Euskadi que llegaría a coronarse en el campeonato nacional mexicano.

Con el Atlético en la ruina, el Barcelona acusando una profunda división interna de orden política (amén de una crisis económica generada por el sostenimiento de dos equipos durante los primeros años del profesionalismo) y el Español de capa caída por la falta de liquidez de sus mecenas, los De la Riba, sólo el Athletic de Bilbao compitió con el Madrid por la hegemonía del fútbol en España.

Con Zamora el Madrid ganó la Liga del 31 sin perder ningún partido, repitiendo la proeza del Athletic de Bilbao el año anterior. Desde entonces nadie lo consigue y el tridente defensivo madridista formado por el portero, Ciriaco y Quincoces asumió en el imaginario popular la virtud de la invulnerabilidad. A Zamora le hicieron coplas y un chascarrillo lo comparaba con San Pedro, el portero del cielo. En 1930 había publicado sus primeras memorias y en 1935, aún en activo, empezó a escribir para ABC una crónica de los partidos que él mismo jugaba. Con el advenimiento de la II República circuló el rumor de que Stalin, al ser informado de que el presidente español se apellidaba Zamora, contestó “ah, el futbolista”. Su actuación en el Mundial de 1934 en la Italia fascista lo ungió internacionalmente como el mejor portero del mundo: España se enfrentó a la anfitriona (posterior campeona) en cuartos de final, contándose en las crónicas situaciones inverosímiles en las que sujetaban los brazos a Zamora o agredían a los españoles. Sin embargo sus paradas ayudaron a sobrevivir a dos prórrogas en un ambiente hostil que se repitió días más tarde, en un desempate que ni él ni Lángara, los mejores jugadores de España, pudieron jugar por sanción. Su última acción como madridista fue la parada decisiva en la final de la Copa de la República de 1936, fijada por una fotografía memorable que desde entonces constituye el mejor testimonio gráfico de la primera juventud del fútbol español.

5 COMENTARIOS

  1. Antonio,una aclaracion,dices “en 1931 ficharon,Ciriaco,Quincoces,Luis Regueiro,Olivares e Hilario,los niños bonitos de la pujante cantera vasca”.
    Aclarar,que Hilario Marrero,era canario y jugo en la cantera canaria,primero en el Porteño y despues en el Victoria.De este equipo,fue traspasado al Deportivo de la Coruña y posteriormente ficharia en el Madrid junto a los nombrados.
    Un saludo desde mi GRAN CANARIA Y HALA MADRID.-

  2. Una pena que apenas se conserven filmaciones de aquella época. Es por eso que a menudo se olvide a Zamora cuando se habla de los mejores porteros de la historia blanca, sobre todo cuando se postula injustamente para ello a cierto tipejo que todos sabemos.

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