Seguroleces

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Me dicen que los buenos jugadores de billar aborrecen a quienes juegan a no quedarse, es decir, priorizan de forma solapada dejarle difícil la jugada al siguiente frente a la carambola que solo fingen intentar. Un buen billarista no desprecia dejarle malas opciones al contrario, pero el objetivo fundamental es siempre intentar la carambola. Yo apenas sé nada de billar –este negociado lo lleva Número Dos, que tuvo su momento con la tiza y el taco–, pero tengo entendido que estas cosas son las que diferencian ante un tapete al caballero del macarra, retratado siempre por el juego mezquino de la primera opción (que los franceses, por razones misteriosas, llaman jouer la carotte).

Jugar a no perder infringe la etiqueta implícita de casi todos los juegos, aunque la naturaleza compleja de algunos deje zonas abiertas al debate. Así en el mus, materia en la que mi autoridad supera a la de Número Dos –y a la de quien se tercie, acepto desafíos–, quienes valoramos los detalles reconocemos a un musolari de fuste por su pericia en el juego de postre, cuando se trata ante todo de que la mano saque el mínimo provecho de su ventaja posicional. Un buen postre juega a destruir y su tarea de demolición puede ser exquisita. De mano y con juego, cualquiera.

En el fútbol las cosas no son distintas. Jugar a no perder es una ordinariez y colgarse en masa del larguero, mañas colchoneras. Sin duda, el juego defensivo también es parte del juego y algunas escuelas, singularmente la italiana, lo tienen en mucho y le han sacado lustre en títulos y prestigio. Sin embargo, todos por naturaleza tendemos a apreciar sobre todo la vocación ofensiva, su carga de determinación y fe en la victoria. Incluso en situaciones en que la desventaja objetiva podría avalar las precauciones, como cuando se juega con uno menos, valoramos a los equipos que no se arredran y siguen persiguiendo la victoria (y aquí sabemos de qué hablamos: en España, jugar con diez contra el Barça ha estado en un tris de convertirse en materia troncal del curso de entrenadores).

Así que escribir a favor del juego alegre y ofensivo es como preferir la paz a la guerra y la salud a la enfermedad, redundancia. Cuando esa laxitud parasita lo que un día fue tenso se llama academicismo. Si además sacrifica toda evidencia al prejuicio, el subproducto se llama ventajismo. Y si tales cadencias biempensantes se llevan a la escena de la formación de opinión futbolística en España, la figura se llama Santiago Segurola, natural de Bilbao.

Hace poco, un amigo preocupado por las repercusiones del triunfo de Francia en el Mundial me hizo llegar un artículo publicado por nuestro hombre el pasado 17 de julio. Es razonable suponer que un Mundial tiene cierta capacidad de crear tendencia, aunque otra cosa es demostrar que eso siempre sea así. Algunos entusiastas de la posesión, aunque sea diabólica, han querido ver en la Francia de hoy una suerte de Neoitalia amarrategui contra toda evidencia: un equipo con tres puntas, con un puñal como Pogba en el centro del campo y Lucas Hernández proyectándose incansable arriba y abajo por su banda. Otra cosa es el dudoso ingenio de Deschamps a la hora de abastecer de criterio a su tropa; cuando las ideas no están claras y el contrario aprieta uno recula, pero un planteamiento defensivo es otra cosa. El caso es que Segurola se abona a las tesis. A las dos, a la del Mundial como determinante de ciclos (“EI Mundial de Rusia clausuró con la victoria de Francia el ciclo de pase, posesión y técnica que difundieron los dos anteriores campeones, España y Alemania, dos equipos que dieron brillo al fútbol después de la victoria de Italia en el Mundial de 2006”) y a la contraria (“Cuatro años después, Italia fue eliminada en la primera ronda del Mundial de Sudáfrica. En 2014, volvió a estrellarse en la primera fase. A este Mundial no ha acudido. Lejos de marcar tendencia, el fútbol se desmarcó del Mundial 2006 a través de España y Alemania”). No vaya a ser que corramos el riesgo de no tener razón.

Pero esto es lo de menos. No es infrecuente que Segurola diga una cosa y la contraria sin despeinarse, aunque lo sea más que lo haga en el mismo artículo. En realidad, el éxito de Francia no está en que haya sido más o menos defensiva o pegapases, sino que “se ha producido en un Mundial a su medida, favorecido por el VAR”. Sí, sí, han oído bien: un Mundial a su medida, como aquellos Tours que, según la prensa nacional, se fabricaban antaño para los taimados franceses, que no subían una tachuela. No es un espejismo, el artículo se titula Francia vence en el Mundial con el modelo que privilegia el VAR. ¿Y en qué consiste el modelo?, pues en que el VAR se centra en lo que pasa en las áreas y sus inmediaciones y desprecia lo que pasa en el centro del campo, ese “territorio esencial para el juego y su belleza”. El VAR, con un par.

Resulta que afinar las posibilidades de precisar la sentencia de penaltis que pueden decidir el resultado es una conspiración contra el juego y su belleza. Por supuesto, el VAR en sí mismo es “un elemento perturbador por discriminatorio para el fútbol”, una desconsideración “con la fluidez del juego”; pero su pecado original sería desatender lo que pasa en el centro del campo, de forma que “ha devaluado de tal manera la edificación del juego que muchos equipos se han sentido impunes”. ¿Cómo debería arreglarse entonces la cosa? ¿Extendiendo el sistema de doble decisión a las llamadas faltas tácticas y embarrando hasta lo insoportable la continuidad del juego? ¿Situando el área de penalti en el círculo central después de ampliar su diámetro a satisfacción de los caprichos de Segurola? ¿Y si suprimimos directamente las porterías, esas fatigosas estructuras verticales que tan groseramente estorban la fluidez sustancial, superficial y horizontal del fútbol?

Ese es el problema del tedio académico, su incapacidad para imaginar soluciones realmente radicales. El problema, Segurola, no es el VAR, sino ese reglamento fosilizado que nos legaron los padres fundadores, que decidieron que una falta en el área se castigaba con un tiro a puerta sin barrera a once metros y no con una simple pérdida de posesión de la pelota, como en el sacrosanto centro del campo. Ya está bien de zanahorias, hombre. Más de un siglo conspirando contra el fútbol, Segurola. Inventemos el Lacrosse o algo, hombre ya.

Número Uno

 

17 COMENTARIOS

  1. Dice Segurola en aquel artículo que “[e]l VAR y los árbitros han devaluado de tal manera la edificación del juego que muchos equipos se han sentido impunes”. Supongo que quiere decir que el VAR ha permitido a algunos equipos saltarse el centro del campo para concentrarse en las áreas, que es donde se deciden los partidos. Pero su elección de la palabra “impunes” es muy llamativa. “Impunes”: sin castigo. “Impune” queda el equipo que comete penaltis que, en ausencia del VAR, no se sancionan. Entonces, ¿de qué castigo se libran los equipos que se saltan el centro de campo y que ganan en las áreas? La respuesta, me parece, es esta: del castigo del propio Segurola. Pero esos incautos equipos sólo “se sienten” impunes; Segurola siempre los puede condenar desde su púlpito tonante, ganen o pierdan. Una vez, se me ocurrió llamarlo “Segunarola”, pues, de tan moralizador y censor, me recordaba a Savonarola, el predicador de la Florencia renacentista. Pero tal vez sea mejor desmitificarlo y reducirlo a la pura banalidad, como hizo el inolvidable Madridista Ateo, que lo llamó “Segurólez”.

    “El medio campo es un territorio esencial para el juego y su belleza”. ¿Quién se olvida de aquel editorial (sí, editorial) de El País, cuando el Chelsea venció en una épica final de la Copa de Europa al Bayern, titulado “El riesgo del fútbol roto”, en el que se hablaba de “la decencia de la elaboración”? Nadie; no, nadie, nadie, nadie.

  2. Tengo que reconocer que Santiago Segurola es, posiblemente, uno de los opinadores nacionales que más repulsión me provoca, si no el que más.

  3. Los goles son los padres.

    Segurola tiene de académico lo que Ken Follet de historiador. Tambien son aburridos por igual. El artículo enlazado me lo leeré algún día que tenga problemas para desahogar en el retrete.

  4. Desconfíen Vds muy mucho del que les hable como un obispo sin serlo. En caso de que si lo sea, tampoco las tengan todas consigo.

  5. Cínico y caradura a más no poder recuerdo perfectamente a Segurola clamar que los equipos por los que pasaba Mouriño los dejaba hechos un solar y que tardaban años en recuperarse. Palabras casi textuales. Un año después de pregonar esa idea tras la marcha del portugués, el Real Madrid gana la 10ª con Ancelotti ¿qué hace Serugola entonces? Escribe un artículo que empieza así: “Aquellos que decían que sin Mouriño el RM no iba a ganar nada…”, el muy caradura se inventa la premisa y le da la vuelta. Nadie dijo que sin Mou el RM no ganaría nada salvo él que aseguró que tras el paso de MOu los clubes quedabanhechos un solar y tardaban años en recuperarse y ganar algo. Así es el kalicatres morreras.

    • “El efecto Mourinho: Tierra quemada” es el título de un libro de Eleonora Giovio, que yo (latigazo auto-flagelante) me compré (en formato electrónico, más barato) y me leí entero. No es, por cierto, tan mal libro como el título sugiere. Giovio no me parece mala periodista (su reciente análisis de la salida de Cristiano del Madrid fue muy sensato), aunque, en realidad, lo que importa es el contexto en el que el profesional se tiene que desenvolver; y el contexto actual, y no sólo en El País, estropea a cualquiera. Desde luego, con el título del libro, se cubrió de gloria doña Ele.

      El libro que sí es “veleno puro” es el de Diego Torres, “Prepárense para perder”, que yo también compré (segundo latigazo; éste, con látigo de tres colas) en formato etc. Me llegué a sentir físicamente mal leyéndolo, tan abyecto era el contenido. En mi descargo, debo decir que hice todo lo posible por piratearlo (pagar por él me parecía una inmoralidad), pero sin éxito. Al final, pudo más mi curiosidad de investigador aficionado que mi rectitud ética.

      • Una colección de caraduras que hacen su agosto malmetiendo contra el RM.

        Aunque ya te vale a ti también, esa fiebre masoquista para leer semejantes firmas, fruto de la curiosidad y afán por conocer, claro, que valoro sobremanera, pero mira que intentar leer lo que dice el fabulador de El País, pues eso, ya te vale, jejeje 😉

  6. Afortunadamente jamás, jamás ese bicho jugaría en el Real Madrid,tiene muy mala leche,es malo de raíz,cosa que no es de extrañar ya que su maestro fue el Cholo,jugar con odio,con violencia,etc etc.
    Yo lo odio, jamás lo querría en mi equipo.

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