Ítaca, instrucciones de uso

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Número Tres acaba de evocar en esta fraterna sección aquel dormitorio de nuestra infancia que es, posiblemente, nuestra particular y modesta Ítaca privada. En punto a patrias e infancias es imposible quitarle la razón a Rilke, por cambiar momentáneamente de poeta, así que los tres Faerna procedemos de un país que limita al norte con una ventana cuya persiana de madera se hinchaba con la humedad del invierno, y así aprendimos tempranamente de nuestro padre el noble arte del insulto, cuando noche tras noche sudaba tinta para bajarla a tirones antes de leernos unas pocas páginas y ponernos a rezar el jesusito de mi vida (“hijo de persianero” ha quedado entre nosotros como el más hiriente de los denuestos). Al sur linda con una pared con cuadros —apenas cabían dos de tamaño regular— que fueron las hojas de calendario cuya caída iba puntuando nuestra personal guerra de la independencia, desde una auroral sentencia del Evangelio de San Juan hasta un postrero póster musical, motivo este más vulgar pero no menos psicodélico. Al este, con un atiborrado armario-librería que hacía las veces de costa, pues cada volumen era un barco que te llevaba de exploración a otras tierras: Las mil y una noches, El libro de la selva, El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, La Odisea, todo Tarzán, los Sandokanes completos… Y, al oeste, con una alargada mesa de estudio, o banco de galeote, que Número Uno y yo ocupábamos por turnos (sin demasiada lucha por mi parte) porque Número Tres era por entonces un perfecto analfabeto. Por lo demás, el solar patrio lo llenaban tres apretadas camas que te permitían atravesarlo de punta a punta sin tener que pisar el suelo, como cuentan de aquella ancestral ardilla ibérica.

Como cada uno de ustedes sabe por propia experiencia, de esas cuatro paredes se sale ya pertrechado con todo lo que uno va a tener en el futuro para habitar la realidad, esa gran estafa. Lo que tu dormitorio de niño no te da, Salamanca no te lo presta. Por ejemplo, en las interminables convalecencias de las durísimas enfermedades pediátricas (anginas, sarampiones, cólicos, contusiones varias), nosotros recibimos de nuestro progenitor el imprescindible vademécum para afrontar el sufrimiento y el dolor, que nos recitaba acompañado siempre de un beso de consuelo: “un hombre no se queja a no ser que tenga las tripas en la mano… y ni aun entonces”. Sabrán disculparle a nuestro padre el sesgo de género, eran otros tiempos, y además es una frase que, muchos años después, cuando supe que él —con mi misma edad de entonces— había visto cadáveres despanzurrados en las aceras de Madrid al principio de la guerra civil, se tiñó para mí de una seriedad inesperada.

En nuestra cartilla médica quedó así incluida una inyección que me temo que cada vez se pone menos, la vacuna contra el patetismo, y que también el tiempo me haría comprender luego que fue nuestra primera inoculación del virus del madridismo. Después uno va leyendo lo que puede para ensanchar la mente, pero en realidad ya no aprende mucho más. En días bajos como estos te agarras, pongamos por caso, a Una pena en observación, de C. S. Lewis, y lees que cuando llega la desgracia “cae uno en las lágrimas y en el pathos. Lágrimas sensibleras. Casi prefiero los ratos de agonía, que son por lo menos limpios y decentes. Pero el asqueroso, dulzarrón y pringoso placer de ceder a revolcarse en un baño de autocompasión, eso es algo que me nausea”. Ya ven, lo mismo que mi padre nos decía sentado en el borde la cama, con menos palabras y sin ser catedrático de Oxford.

Por su parte, la realidad, esa estafa, va regalándote regularmente ratos de agonía limpios y decentes con los que poner a prueba la solidez de tus fundamentos. Con un poco de mala suerte, verás arder tu casa, agostarse tus campos, naufragar tus naves, o a tu equipo liquidado en la Copa por el Leganés. Cosas, en fin, que derrotarían a cualquiera, pero no a ti, a ti que te arrancaron las anginas de cuajo sin más anestesia que un golpecito de cloroformo, y rugiste como un tigre (de Mompracem, por supuesto). Es una triste verdad que lo que te esperaba fuera de aquellas cuatro paredes no era exactamente lo que veías desde los barcos de papel, aquí no se puede sobrevolar Suecia cabalgando un ganso y a Tarzán se le escurre la liana y se da el batacazo con más frecuencia de la que imaginabas. El Real Madrid real no gana siempre, ni siquiera lo merece siempre, da un poco de apuro tener que explicarle esto a ciertos madridistas adultos. Pero algo no admite vuelta de hoja hasta para un niño si ya es un madridista en ciernes: el dolor duele siempre, pero la derrota no existe hasta que no la aceptas. Zidane acababa de estamparse contra el suelo y los micrófonos corrían a recoger sus declaraciones junto con sus restos. “Estoy fuerte”, parece ser que manifestó. Es decir, interpreto, abollado pero con prisa por ponerse de pie, escupir sangre y seguir adelante. Era todo lo que yo necesitaba oír, porque hasta ahí llega su contrato conmigo, el único que me siento con derecho a reclamarle. El otro ni lo he leído, ya ven si me interesa poco.

 

Con un poco de mala suerte, verás arder tu casa, agostarse tus campos, naufragar tus naves, o a tu equipo liquidado en la Copa por el Leganés.

 

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo.

Así empieza Kavafis. Es un precioso poema contra el temor y la queja de tener que vivir tu odisea antes de alcanzar lo que buscas. El camino de esta temporada va a ser de los más largos que se recuerdan, hacía tiempo que no veíamos nuestra isla tan lejos. Así que, una vez más, los dioses sonríen al Real Madrid. El que quiera dejarse estafar por la realidad, que lo haga; que acepte la derrota y navegue sin rumbo hasta mayo, le arriamos un esquife ya mismo. Por mi parte, seguiré remando con Zidane y los suyos, pertinaz como Ulises, con Ítaca entre ceja y ceja. Pienso arrancarle a la realidad su careta y echarle mi propio farol. Ahí va: quiero ganar la Champions, y quiero ganar la Liga, y el hijo de persianero que se atreva a dudar de que aún es posible, que me explique, simplemente, qué es lo que gana él con ello. ¿Tener razón al final? ¿Llegar a Ítaca y descubrir que los piratas del Mediterráneo ya la saquearon? ¿Es eso? Si es así retiro el insulto, porque de personas nobles no es injuriar al ignorante, sino compadecerlo.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Ítacas.

Número Dos

 

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Ángel, el segundo de los Faerna, es profesor de universidad. Procura enseñar Filosofía sin hacer más daño del inevitable. Su especialidad, si acaso, es la epistemología y el pensamiento clásico norteamericano, extravagancia que compensa con una desmedida afición por los buenos arroces.

6 COMENTARIOS

  1. Si el poema de Cavafis ya era uno de mis preferidos, ahora unido al club de mis amores, pasa a otra categoría, al nivel más alto que pueda existir, en el Olimpo de los Dioses. Gracias, Ángel.

    Inmersos en las prisas del día a día, de recompensas fáciles, de los caprichos instantáneos, de sala de trofeos repleta y orejonas “a cascoporro”, viene bien recordar a quienes parece que han olvidado que los caminos duros, con piedras y peligros nos hacen más fuertes. Experiencias que hacen callo, que hacen carácter. Y cómo se disfrutan después los logros y los triunfos, precisamente porque valoramos de dónde venimos, cada gota de sudor y hasta de sangre.

    Ten siempre a Ítaca en tu mente.
    Llegar allí es tu destino.

    Hala Madrid y nada más.

  2. El poema es hermoso. Pero en mi cabeza está permanentemente asociado a la versión musicada y cantada por LLuis LLach. Eran unos tiempos en los que todavía creía en el futuro, y en la hermandad entre las personas y los pueblos. “La realidad, esa estafa”, me ha demostrado que nunca fue verdad aquello que nos ilusionaba. Ni siquiera el viaje a Ítaca, cuyo destino final ha resultado ser una farsa que se interpreta en el Nou Camp.
    Saludos.

    • No vamos a permitir que ni Llach ni nadie se apropie de las obras que nos inspiran, ¿no, Cillios? Como en mi artículo dejó un comentario compartiendo la deuda con Sandokan y sus tigres, y con la esperanza de que le devuelvan la fe en arribar a Ítaca, le dejo un par de links con las portadas de esos libros que mis hermanos y yo teníamos en nuestro cuarto.

      http://eldiariodezapruder.blogspot.com.es/2011/12/sandokan.html

      Y por si fueran necesarios refuerzos:

      http://eldiariodezapruder.blogspot.com.es/2011/12/tarzan.html

      ¡Un saludo!

      • Señor Faerna.
        Muchas Gracias por su respuesta y por los enlaces. Tuve un momento de nostalgia.
        Efectivamente, ni Llach (lagarto, lagarto) ni nadie pueden apropiarse de nuestros recuerdos.
        En la biblioteca de mi hijo están buena parte de aquellos libros que usted evocaba, Sandokán, El Corsario Negro, Guillermo, Los Cinco y Verne. Quizá necesite una relectura.
        Saludos.

  3. Definitivamente los Faerna son la Santísima Trinidad de La Galerna. Disfruto cada uno de sus artículos con enorme fruición. Las afinidades electivas, los recuerdos de lecturas y habitaciones compartidas casi idénticos, el madridismo hedonista y desacomplejado, sentimental y racionalizado, y ¡hasta la filosofía!, cuyo virus me pagan milagrosamente por transmitir, me unen a ustedes incluso más que con el resta de eximios escribidores de esta milagrosa Galerna que nos salva de perecer en este erial de estupidez y/o antimadridismo rampantes. En fin, qué gran día el que me topé con este oasis de ingenio, talento y camaradería madridista; y con estos hermanos, ejemplo de lo mejor que es capaz de dar este condenado y maravilloso país. Gracias de corazón.

    • Andrés, estimado colega, muchísimas gracias por el masaje (no es una errata). Será difícil seguir haciendo honor a tanto honor, veremos cómo nos apañamos. Gracias a los tres.

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