El universo paralelo

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Sé que resulta increíble, pero en la despensa de mi casa hay una pequeña trampilla que comunica con un universo paralelo.

La trampilla no está en el suelo, sino pegando a él, en la pared. Hay que entrar a gatas y con la cabeza por delante. Cuando lo haces lo que ocurre es que, asombrosamente, vuelves a aparecer con la cabeza por delante en lo que parece ser la misma despensa. Pero no es la misma; es la del universo paralelo.

Me dí cuenta de ello la primera vez, al fijarme en los botes de conserva. Los de fabada asturiana eran de una marca que yo no uso.

Eché un vistazo por el resto de la casa, sabedor de que en los universos paralelos cercanos al nuestro las cosas son muy parecidas, aunque puede haber diferencias notables.

Las estancias eran más o menos iguales. Cambiaba el color de alguna que otra habitación. Los muebles eran casi los mismos, aunque algunos estaban colocados en distinta posición. Miré con curiosidad en el armario ropero. En general, la ropa era similar a la que suelo usar, si bien había alguna camisa que decidí en ese momento que no me pondría, ni en ese universo ni en ningún otro, pues parecían hacer juego con los calcetines de Cristobal Soria.

Me chocó bastante lo del perro. En ese universo era un gato. Pero al parecer tenía el mismo nombre (Toby), pues acudía cuando le llamabas.

Decidí salir a la calle a ver qué era lo que me encontraba. Como vivo en un segundo piso, siempre subo y bajo andando por las escaleras. De modo que comencé a bajar; y a bajar, y a bajar…

Resulta que en el universo paralelo habito en una novena planta. Tomé nota de ello para acordarme de coger el ascensor al regresar.

Al salir del portal, me quedé unos instantes observando el panorama para ver si captaba diferencias importantes. No había muchas. La zapatería que quedaba justo enfrente, allí estaba desplazada unos 10 metros a la izquierda; y en su lugar había un puesto de “Castañas 24 horas“. La calle lateral era dirección prohibida, cuando en mi universo original era de doble sentido. Y los árboles que adornaban la acera eran de otra especie, aunque situados en el mismo lugar.

Comprobé con agrado que el bar “El Zorro” se hallaba en el mismo sitio y tenía el mismo viejo y ajado letrero. Me encaminé hacia allí para tratar de averiguar algo más. Mientras lo hacía, me asaltó una duda: ¿y si en ese universo yo no era cliente habitual de ese bar y no me conocían?

Entré con precaución. El camarero, Paco (al menos ese era su nombre en mi universo),  se encontraba de espaldas al mostrador haciendo como que limpiaba vasos. Al observar la mugre de los que se hallaban en manos de los clientes, me tranquilicé un poco. De momento todo parecía normal. Incluso la decoración era la habitual. Aunque, más que de decoración, habría que hablar de decoloración…

– ¡Hombre..! – se dirigió a mí un tipo al que conocía de vista, pero con el que nunca había cruzado una palabra – Hoy llegas temprano…

Paco giró la cabeza y me vio.

– ¿Lo de siempre?

– Sí… Sí, lo de siempre…Paco

-Aquí tienes; bien fresquita- dijo poniendo ante mí una Mirinda de limón.

Me quedé mirándole desconcertado… No tanto porque en ese universo paralelo aún existiesen mirindas como por el hecho de que yo fuese un consumidor habitual de ellas.

– ¡Me debes pasta! – me increpó el conocido de vista, con sonrisa socarrona.

– ¡Mira que apostar que iban a expulsar a un jugador del Barcelona! – me riñó el camarero – Se nota que te sobra el dinero.

“De modo que en este universo ocurre lo mismo”, pensé para mis adentros. “Y he apostado dinero con este individuo a que iban a perjudicar al Barça. ¿Cuánto habré apostado..? ¿Será que soy idiota en este universo?”

– Escucha, Paco. Perdona por la molestia, pero resulta que hoy he decidido cambiar de bebida y me gustaría tomar una cervecita…

– ¿Qué? ¿Tomar tú alcohol, con lo mal que te sienta..?

– No será para tanto…

– La última vez vinieron tres coches patrulla. Y gracias a que el sargento era mi cuñado, que si no me cierran el garito…

– Te aseguro que ahora soy otro. Pónmela. No habrá problemas.

– Te estaré vigilando- dijo mientras me servía la cerveza.

– Bueno, ¿me pagas o no? – me inquirió con impaciencia el conocido de vista.

– Sí.. esteee…

– Matías. ¿Ya estás borracho antes de haber probado la cerveza?

– Mira que te la quito… – me amenazó Paco.

– Que no, hombre, que no… Es que he pasado mala noche y ando un poco despistado. ¿Cuánto era la apuesta?

– ¡Cómo se hace el zorro! – exclamó Matías, que ya me empezaba a caer gordo nada más conocerle. – Veinte machacantes.

Rezando para que los machacantes fuesen en realidad euros, saqué 20 de la cartera y se los tiré encima del mostrador.

– ¡Ja,ja,ja,ja…! ¡Da gusto apostar contigo! – rió aquel impresentable recogiéndolos.

Uno de los parroquianos que estaban sentados en las mesas se dirigió al camarero.

– ¡Paco, pon la tele, que va a empezar el partido!

– ¿Hay partido hoy? – pregunté con cautela – ¿Quiénes juegan?

– ¡Con eso de viajar tanto no te enteras de nada, macho! – me dijo uno de los clientes, al que ni siquiera conocía de vista – El Madrid contra el PSG

Según parecía, yo debía de ser viajante, camionero o piloto de avión en aquel universo.

– ¿Se sabe ya la alineación de los equipos? – preguntó uno que había en un rincón.

– El PSG juega con su delantera de gala – respondió otro.- Mbappé, Neymar, Cristiano y Messi.

– ¿Y el Madrid?

– También. Lewandowski, Ramos y el Kun Agüero…

Sorprendido por mi ignorancia futbolística en aquel universo, decidí informarme un poco más con los periódicos que había en el mostrador. Cogí el primero de todos, que era el Mundo Deportivo. El titular decía: “El Madrid A Por La Decimoséptima”.

Y agregaban: “Todos esperamos el pase a la Final del conjunto blanco. Nos vale una victoria por la mínima”.

– Parece bastante optimista el Mundo Deportivo, ¿verdad? – le comenté a Paco.

– Demasiado. Desde que lo dirige Juanma Rodríguez se pasan un poco…

Estupefacto, comprobé que efectivamente el director era Juanma Rodríguez.

El siguiente periódico del montón me pareció ser el As, pero al cogerlo en mis manos observé que se llamaba “Asport” (posteriormente me enteré que se habían fusionado).

– ¿Y quién es el director de Asport? – pregunté.

– Jesús Bengoechea.

¡¡Comienza el partidooo..!! – atronó el comentarista en la televisión.

El encuentro fue vibrante y bastante emocionante. En el minuto 90, el Madríd perdía por cero a dos. Afortunadamente, el delantero Ramos marcó goles en los minutos 91, 92 y 93.

¡¡ El Madrid consigue el pase a la gran Final – chilló eufórico el comentarista – que se disputará por primera vez en el Estadio Olímpico de Albacete !!

– Bueno – comenté yo – la final se jugará prácticamente en casa…

– ¿Cómo que en casa? Se juega en Albacete. En Alemania.

Con disimulo, consulté un mapa de Europa y comprobé que, efectivamente, Albacete estaba en Alemania. Concretamente en el lugar en que habría estado Stuttgart. Luego miré en el mapa de España la ciudad correspondiente, que allí se llamaba New York de La Mancha (población: 8,5 millones).

El caso es que la victoria del Madrid desató la euforia entre los clientes.

– ¡Más cerveza, Paco! – era el sonido más repetido.

La fiesta terminó con la llegada de cuatro coches patrulla. De nuevo el cuñado de Paco tuvo que tirar de influencias y yo conseguí escabullirme entre el desconcierto general.

Llegué al portal de mi casa y comencé a subir escaleras. Hasta el quinto piso no me acordé de coger el ascensor. Una vez dentro de la vivienda, le dí de cenar dos veces a Toby. Una vez en formato gato y otra en formato perro, ya en mi propio universo.

No me resultó muy difícil pasar de un universo a otro por la trampilla. Como había que hacerlo a gatas, ya llevaba practicando involuntariamente esa postura desde que salí de “El Zorro”.

Me acosté y me dormí pensando en que tendría que hacer nuevas exploraciones en aquel universo paralelo.

 

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