El esférico

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Aún hay personas que creen que la Tierra es plana. Un youtuber –¿quién si no?– hasta ha escrito un libro “demostrándolo”. Y luego en Twitter –¿dónde si no? – le ha dicho a Pedro Duque, el astronauta, que la “Tierra bola” (así la llama, como si fuera un bicho) está “basada en teorías que jamás se han comprobado y en imágenes fraudulentas creadas por ordenador”. Que las primeras imágenes de la Tierra tomadas desde el espacio sean de los años 40 y que la primera en que aparece completa, la conocida como “Blue Marble” o “Canica Azul”, sea del año 1972, cuando los ordenadores estaban en pañales y el que inventó el Photoshop también, es, supongo, irrelevante.

El youtuber no está solo. De hecho, los terraplanistas tienen su propia organización, la Flat Earth Society, fundada en 1956. Uno de sus componentes, un sexagenario conductor de limusinas que responde por Mark Hughes (nombre que no en vano comparte con un exjugador del Barça), se ha construido un cohete con chatarra y piensa lanzarse desde el desierto de Mojave para hacer una foto desde el espacio y desmontar de una vez por todas la conspiración masónica que, aseguran, lidera la NASA. Iba a despegar el próximo sábado, pero no le han dado los permisos necesarios. Otra prueba más de la conspiración, claro. Insiste, sin embargo, en su empeño y promete el lanzamiento para la semana que viene. Y cuando el cohete de fabricación casera estalle en el aire o se estampe contra el suelo con el fulano abordo sin haber logrado sacar la foto definitiva, nadie podrá negar ya la evidencia. No quieren que sepamos la verdad.

Para el youtuber y el del cohete, la Tierra es un disco. No “una disco”; esa sería la concepción del mundo de Pocholo. No: un cuerpo cilíndrico cuya base es muy grande respecto a su altura, que dice la RAE. Imagino que los demás planetas y estrellas serán también discoidales. Lo que significa que para ellos el universo se parece a uno de esos espectáculos circenses de los chinos en los que hacen malabares con un montón de platos girando al mismo tiempo. Una cosmogonía interesante en la que el Ser Supremo sería una especie de jefe de pista con látigo y chistera, como el que nos enseñaba a contar en “Barrio Sésamo”. Es decir, que Dios no juega a los dados, sino al frisbee. Al fútbol tampoco, claro. El esférico debe de ser una herejía para estos creyentes en la planitud.

Y a lo mejor tendríamos que prestarles más atención. Los balones tienen la pésima costumbre de rodar, botar y rebotar. No se quedan quietos. Y así resulta muy difícil determinar si han cruzado la línea de meta, como le pasó el otro día al árbitro que no concedió el gol de Messi contra el Valencia. Un frisbee no bota, y rueda mal y poco. Tal vez en lugar de incorporar el VAR o el “ojo de halcón”, lo que deberíamos hacer la próxima temporada es renunciar a la esfericidad en el fútbol y convertir a nuestros jugadores en modernos discóbolos. En Estados Unidos hay una liga semiprofesional de frisbee con veinticuatro equipos; he visto unos vídeos en internet de sus partidos y parecen divertirse de lo lindo. Pero, sobre todo, eliminado el balón y reducido por tanto al mínimo el margen de errores arbitrales como el de Mestalla, los colegiados podrían concentrarse en detectar y sancionar circunstancias aparentemente no tan fáciles de juzgar como, por ejemplo, una patada en la cabeza a un jugador que acaba con la nariz rota. Porque hay cosas que no son tan evidentes como que la tierra es plana, no sé si me explico.

Número Tres

3 COMENTARIOS

  1. Buenísimo artículo.
    Con el balón plano, me vienen a la mente un montón de instantáneas de jugadas polémicas dentro del área de jugadores del Barça, que recuerdan mucho al Discóbolo de Mirón…

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