Del lenguado considerado como una de las bellas artes

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Se celebraba aquí hace poco el quinto aniversario del virgo de Mascherano, que lleva ese tiempo casi geológico sin hacer penalti. El falso central más limpio de la historia. Dicen que Benzema no es un nueve, así que quizá sea esa la razón por la que Mascherano –que no es un central y ni siquiera lo parece, aunque ahí no haya debates auspiciados por nuestra esforzada prensa deportiva– es incompatible con el vicio nefando de los stoppers de mella y pedernal. Vista su virtud, Mascherano no es un central sino una doncella corintia cuajada de acantos, pero la esforzada prensa deportiva no se entera porque no lee a Vitruvio ni a casi nadie. En justa correspondencia, llegará el momento en que a la esforzada prensa deportiva no la lea ni Dios salvo portanalista mediante, ese heroico inspector de alcantarillas.

Esta y otras estadísticas comparadas sobre el número de penaltis, expulsados y demás aparecen con cierta frecuencia en La Galerna y –me dicen, que yo no uso de eso– en el Twitter de madridistas memoriosos. Uno, que pertenece a la especie de los que no han venido al mundo a sufrir más de lo imprescindible y se toman, con Charles Eames y Número Tres, sus placeres bastante en serio, no es particularmente aficionado al género. Solo recurro a él en tono somnoliento cuando me toca una de esas bellas almas equidistantes que dicen que los grandes de qué se quejan, esos funambulismos pelmas e inmorales del los unos y los otros, el venga de donde venga y pavadas por el estilo. Yo no sé si hay quien conspira con poltronas y silbatos contra la grandeza del Madrid, pero en caso de haberlo es bastante torpe a la vista de los resultados. Decía a propósito del 23-F Carlos Luis Álvarez Cándido, un excelso periodista de cuando la Transición del que hoy lamentablemente nadie se acuerda, que era insólito un golpe de Estado en un país europeo de 1981, pero más insólito aún era que habiéndolo fracasara: hay que ser membrillos.

Yo soy más de signos externos. Me contaron una vez que don Julio Caro Baroja, que cultivaba la fisionomía entre los muchos asuntos a los que aplicó su sabiduría, decía taxativo de un hórrido dirigente batasuno de antaño: “¿Idígoras? Con esa cara, ¡a la cárcel!”. A mí me basta escrutar la de Sánchez Arminio o pedirle a Villar que deletree el nombre del deporte a costa del que se ha ganado tan bien la vida para hacerme una idea. Por maligna que pudiera llegar a ser su influencia, a la pregunta de cuál es el mejor y más singular club de fútbol solo cabe una respuesta. Me dirán ustedes que sin ella la hegemonía podría ser aún mayor y los títulos muchos más, pero los villanos siempre cuentan con la ventaja de que los escenarios contrafácticos dan para escribir novelas, no historiografía. Ya les digo que en Casa Faerna no nos interesamos demasiado por estos asuntos, pero en estos últimos meses hay una cosa que llaman operación Soule, que a mí me suena como a lenguado –qué espera el que lleva el negociado de la taxonomía operativa y policial para poner una agencia de naming y hacerse de oro–, aunque no va de lenguas reales ni figuradas sino de caras muy duras, por seguir con la fisionomía.

La prensa esforzada prefiere ocuparse de los sóleos de Bale –ánimo, Gareth, no te rindas, maldita sea, que eres del Madrid– y de si Benzema es gato o podenco, pero aun así de cuando en cuando desgrana desganadamente conversaciones grabadas en que se habla de llamativas filias y fobias arbitrales. Sin embargo, no es eso lo peor. El asunto es que esa operación lenguado o lo que sea ha llevado a prisión preventiva a ese señor que no sabe deletrear el nombre del deporte cuya federación nacional preside aproximadamente desde el Magdaleniense superior, a su señor hijo y a algún otro acólito. Yo no sé si el juez Pedraz es del Madrid, pero no parece que le preocupen tanto los manejos arbitrales y las componendas para eternizarse en la canonjía como los extraños vericuetos seguidos, siempre a título indiciario, por Gorka y el padre de Gorka en la contratación de partidos amistosos de la Selección. A mí me pasa lo mismo que al juez Pedraz. Una cosa es que te birlen un penalti y otra que te metan la mano en la cartera, aunque sea a título indiciario. Hombre, esto ya pasa del contrafactum al factum contante y sonante y nos mosqueamos hasta los hedonistas perezosos e indolentes como yo.

Vale que la prensa ponga esto en la página 18, ya sabemos cómo son. Pase incluso que la Dirección General de Deportes, o como se llame el organismo competente –no sé si a título indiciario también–, arrastre los pies con gran movimiento de tierras para suspender al padre de Gorka e hijo de su madre de las funciones que ejerce desde que mamaban los bisontes de Altamira. Pero leer en la prensa mansamente que el exfurgolista finalmente suspendido entra y sale a su antojo de los despachos federativos, y hasta pincha y corta en nombramientos y contrataciones, es como si a Ignacio González lo nombraran director de negocios extranjeros del Canal de Isabel II al día siguiente de abandonar Soto del Real. La cosa no es de ahora, hace mucho que la opinión pública española, tan dada a la indignación y a menudo con buenos motivos, se ha acostumbrado a estos magreos del fútbol con el crimen. Hoy, en una convención de expresidentes blaugranas vivos, por poner un caso, la calidad del rancho presidiario podría sustituir al tiempo como tema de conversación recurrente. A la tertulia podría sumarse algún otro expresidente de primera división por aquello de la España plural. Algún otro hay en ejercicio que no ha sido acusado de nada aún, pero aparece con extraña frecuencia en sumarios aquí y acullá. Y luego está el difunto Jesús Gil, claro, que tenía tanta gracia; el tío Jesús, le llamaba el más famoso locutor deportivo de España. ¿Será una muestra de sectarismo apuntar que no se suele encontrar uno a dirigentes madridistas en legajos judiciales de esos?

Ya lo dejó dicho De Quincey en El asesinato considerado como una de las bellas artes, empieza uno apropiándose indiciariamente de lo ajeno y acaba inobservando el día del Señor y pitando penaltis por tropezar con la hierba. Pero seguro que esas cosas las decía porque abusaba del opio.

Número Uno

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El mayor de los Faerna es historiador del arte y editor, ocupaciones con las que inauguró la inclinación de esta generación de la familia por las actividades elegantes y poco productivas. Para cargar la suerte, también practica el periodismo especialista en diseño y arquitectura. Su verdadera vocación es la de lateral derecho box to box, que dicen los británicos, pero solo la ejerce en sueños.

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